Días de ocio

Una de las mejores cosas que tienen los días de ocio y asueto es que puedo comenzar la mañana sin prisas, leyendo una buena novela mientras me tomo el primer café de la jornada.

La ausencia de horarios y de tareas obligatorias me permite disfrutar de la vida de manera sencilla (que es como más me gusta hacerlo, por cierto), gozar de otro verano más…

Me asomo a la ventana, oigo a las gaviotas cantar con su característico sonido y la memoria me trae al presente la famosa canción de Violeta Parra “Gracias a la vida que me ha dado tanto”.

 

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Agotado

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Entré en la última librería que me quedaba por visitar. Había recorrido toda la ciudad en mi búsqueda desesperada. Entre tus manos tenías el libro que llevaba tanto tiempo rastreando. Allí donde fuera siempre obtenía la misma respuesta a mis preguntas sobre él: «Está agotado». Ahora que por fin había dado con el libro resulta que iba a perderlo otra vez. No me quedó más remedio que tropezar contigo y conseguir que aceptaras, a modo de disculpa, una invitación a café. Con un poco de suerte lograría que te enamorases de mí. Así tu nuevo libro terminaría siendo mío también.

-.-

(Publicado en Taller de escritura nº 62 de Literautas – Móntame una escena: junio, 2019…)

Te pido disculpas…

…por haber estado ausente, por no dar señales de vida. Pero, en ocasiones, una necesita alejarse de todo y de todos. Tomar consciencia del lugar que ocupa y darse cuenta de si ese espacio la hace a una feliz.

tecladoTres meses y medio después de mi última entrada en este blog, habiendo reordenado cosas que estaban fuera de lugar, habiendo expulsado de mi vida lo que molestaba, me siento capaz de continuar con mi aventura, con fuerzas y ganas renovadas.

A veces es bueno parar, observar hacia dónde se va y tomar impulso para continuar la carrera hacia la siguiente meta: el siguiente relato, la primera novela…

He estado a punto de tirar la toalla. Sin embargo, la felicidad y tranquilidad que me cautivan cuando escribo han sido más fuertes que yo. Así que por qué dejarlo si escribir me hace tanto bien. Hay miles, millones de escritores por todo el mundo y muchos de ellos, (por no decir todos) probablemente, mejores que yo, pero mi felicidad es solo mía y no voy a renunciar a ella así como así.

He vuelto para quedarme, para contar historias que espero también te regalen momentos de felicidad o que, por lo menos, te hagan pensar y luchar por un mundo mejor. Puede que nadie me lea, o puede que sí… ojalá sí… aunque eso no me impedirá seguir alzando mi voz para decir bien alto lo que pienso y siento.

Mil gracias por tu compañía.

 

 

A la antigua usanza

Cada día leo las noticias en el periódico. Sí, todavía quedamos locos como yo que leemos los periódicos en papel, manchándonos las manos con la tinta con que los imprimen, subrayando cosas y releyendo aquello que consideramos más interesante.

Reivindico mi derecho a poder seguir haciéndolo. Disfruto de ese rato como uno de los mejores que el día me reserva. Debo ser una persona a la antigua usanza que en ciertas cosas se ha quedado anclada en el pasado, pero me encanta serlo.

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Nube de fuego

Cupido no tuvo la culpa. Prefiero echársela al destino o a la diosa Fortuna. Coincidió que era el día de los enamorados… pues era… pero ya se estaba acabando. Fue al atardecer del día. Los dos nos paramos a un tiempo, en plena calle.

Miramos a la misma nube. Yo hice una foto; tú sólo la observabas. Esa coincidencia nos hizo mirarnos y sonreírnos. Tuviste el valor de hablarme. Yo no lo hubiera tenido:

– “Hermosa nube. Parece que está ardiendo”.

– “Lástima que pronto desaparecerá” – te dije.

– “Ya no, mientras tu foto exista. No la destruyas nunca. Será un momento único en tu vida”.

Entonces saqué valor no sé de dónde. Lo normal es que mi timidez me impida hablar a las mujeres:

–      “Si quieres te la mando por correo. ¿Cuál es tu e-mail?”.

No me lo podía creer. Le estaba pidiendo su correo electrónico a una mujer. Y ella lo estaba escribiendo en un papel.

Después de eso vino nuestra correspondencia casi diaria durante meses. Nos fuimos conociendo poco a poco. Con miedo por mi parte, con precaución por la tuya. Hasta que llegó nuestra primera cena. Y ahí sí que terminó por surgir algo entre nosotros.

Tú dices que fue trabajo de Cupido, que fueron las flechas del amor que atinaron en nuestros corazones. Yo soy un poco más prosaico, menos poético y prefiero pensar que nuestro destino estaba marcado para que acabáramos juntos.