La rabia y la impotencia me pueden en días como hoy

Me causa desolación que hoy, 20 de Noviembre, sea, un año más, el Día Universal del Niño o que el próximo domingo 25 de noviembre vaya a ser el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

La celebración de los días internacionales, por norma general, me ponen muy triste. El problema no es que existan estos días en sí mismos; el problema es que sea necesario que existan para con ellos concienciar y llamar la atención de la sociedad en general sobre temas importantes que tenemos pendiente resolver, sobre los que los ciudadanos debemos exigir que se tomen medidas públicas por parte de nuestros gobiernos. Por más vueltas que le doy no consigo comprender cómo es posible que los niños y niñas del mundo continúen necesitando un día especial con el que defender sus derechos, que las mujeres precisamos de una jornada específica para que todas gritemos bien alto y fuerte que no debe existir la violencia que se ejerce sobre nosotras.

La infancia es el colectivo más vulnerable de nuestra sociedad, el que sufre con más fuerza los problemas y las crisis de todo tipo (medioambientales, sociales, económicas, bélicas, etc…) que suceden en el mundo. Todos los niños tienen derecho a una familia que les quiera y cuide, a un hogar en el que resguardarse del frío y de la lluvia, a una escuela a la que ir a aprender cosas nuevas, a una comida caliente sobre su mesa…

La violencia contra las mujeres y niñas se manifiesta en forma de violencia física, maltrato psicológico, violación conyugal, femicidio, violación, actos sexuales forzados, insinuaciones sexuales no deseadas, abuso sexual infantil, matrimonio forzado, acoso callejero, acoso cibernético, trata de mujeres, esclavitud y explotación sexual, mutilación genital, matrimonio infantil…

Lo que me parece más increíble es que todavía hagan falta días como estos en un mundo globalizado en el que nos comunicamos con la otra punta del mundo con un golpe de ratón. Somos capaces de realizar grandes proezas y también de permitir las más grandes miserias sobre todo si aún consentimos que haya niños y niñas en el mundo que no tienen que comer cada día, que luchan en las guerras, que trabajan de sol a sol por un sueldo de miseria; mujeres y niñas que sufren violaciones o matrimonios forzosos, que son usadas como arma de guerra, que son compradas y vendidas al mejor postor como mera mercancía…

Siento repetirme pero en días como hoy me pueden la rabia y la impotencia. No puedo evitarlo.

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El día en que las mujeres españolas consiguieron el derecho al voto

Tal día como hoy pero de hace 85 años las españolas consiguieron votar por primera vez. Fue en las Elecciones Generales del 19 de Noviembre de 1933 después de haber conseguido el derecho al voto en la Constitución de 1931 gracias al tesón de Clara Campoamor.

Mujeres votando en Eibar en 1933

El 1 de Octubre de 1931 un debate en el Congreso de los Diputados en torno al sufragio femenino trajo la igualdad de derechos políticos con respecto a los hombres. El alegato que Clara Campoamor hizo a favor del voto de las mujeres supuso un revuelo sin precedentes.

Incluso hubo miembros de su propio partido, el Partido Radical, que no dieron el apoyo a Clara Campoamor para lograr el sufragio femenino. Veían a la mujer española con unas ideas políticas muy conservadoras que vivían bajo la influencia de la Iglesia o de sus maridos y que por tanto dar el voto a las mujeres suponía poner en sus manos un arma política que acabaría con la República.

Dos de las tres mujeres diputadas que había en el Congreso en 1931 (Victoria Kent y Margarita Nelken) también estaban en contra de permitir votar a las mujeres. Victoria Kent abogaba por retrasar el sufragio femenino unos años, hasta que ellas se hubieran acostumbrado a la República.

Los que estaban en contra del voto femenino esgrimían la naturaleza histérica de las mujeres para justificar su postura. Otros pedían que la edad legal para ejercer el voto fuera en las mujeres a partir de los 45 años (los hombres podían votar cumplidos los 23) basándose en criterios supuestamente científicos.

Retrato de Clara Campoamor

ABC

Al final Clara Campoamor consiguió que se aprobara por primera vez en la historia de España un artículo constitucional que consagraba el derecho al voto femenino con 161 votos a favor frente a 121 en contra.

Así fue como la Constitución de la Segunda República estableció, sobre la base del principio general de igualdad ante la ley, en su artículo 36, que “los ciudadanos de uno y otro sexo mayores de 23 años tendrán los mismos derechos electorales, conforme determinen las leyes”.

Antes, en las elecciones a las Cortes constituyentes de las que nació el texto constitucional las mujeres gozaron del sufragio pasivo (derecho a ser votadas y elegidas), pero no del activo (derecho a votar). Fue pues en esas primeras elecciones celebradas tras la aprobación de la Constitución republicana cuando las mujeres concurrieron a las urnas en las mismas condiciones de igualdad que los hombres.

Hasta entonces las mujeres no eran consideradas personas jurídicas . Ni siquiera podían reclamar por sí mismas la legítima en las herencias. Necesitaban un suegro, un hermano o un cuñado, un hombre, que lo hiciera por ellas.

La Constitución de 1931 supuso un giro de 180 grados en lo que respecta a los derechos políticos y civiles de las mujeres. Otra cosa es que esto tuviera trascendencia en la vida cotidiana y en la concepción que la sociedad tenía de las mujeres. Ahí quedaba todavía mucho camino por recorrer.

Si echamos la vista atrás no hace tanto que nuestras madres, abuelas y bisabuelas no tenían los derechos de los que ahora nosotras disfrutamos. Queda mucho por hacer pero pongamos en su justo valor lo que nuestras antepasadas han hecho. Respetemos su historia y su lucha, y aprendamos de ellas para seguir trabajando por la igualdad real en todas las esferas de la vida entre mujeres y hombres.

Paralelismos

elmar-geissler-reloj-sin-tiempo

Imagen de Elmar Geißler publicada en Escribe fino

En el centro de la esfera del reloj podía leerse la leyenda que le recordaba el lugar donde lo había comprado: Grand Central Terminal – New York. La última vez que había visitado la ciudad lo había hecho con Lucía. Ahora ya no estaba a su lado. Su relación había comenzado ha resquebrajarse al mismo tiempo que el reloj había dejado de funcionar.

Al principio no se dio cuenta del paralelismo que existía entre su relación con Lucía y el funcionamiento del reloj. Primero dejó de marcar las horas con puntualidad: o bien se adelantaba o bien se atrasaba, pero rara vez marcaba la hora que debía. Más tarde terminó por dejar de funcionar por completo. Ahí es cuando las discusiones con Lucía fueron cada vez más frecuentes y con mayor intensidad.

Una mañana al despertarse se dio cuenta de que al reloj le faltaban las manecillas. Tanto la aguja de las horas como el minutero o el segundero habían desaparecido. La esfera blanca resplandecía con sus doce números perfectamente ordenados sin que nada impidiera su visión. La noche anterior Lucía había decidido abandonar el piso que compartían.

Decidió, entonces, desmontar por completo el reloj. No podía dejarlo peor de lo que estaba así que por qué no intentar arreglarlo. Lo primero que haría sería buscar dónde podía comprar otras manecillas. Una vez que las tuviera, las instalaría de nuevo sobre la esfera numérica. Puede que, a lo mejor, cuando consiguiera que el reloj volviera a funcionar marcando el tiempo que pasa consiguiera también que Lucía le diera otra oportunidad volviendo a casa.

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(Para El Bic Naranja – Viernes Creativo)

 

Tal vez…

El mejor regalo que Rosario jamás había recibido en su vida era aquella hamaca que había colgado en el jardín. Un extremo lo sujetó a una higuera que había plantado allí su abuelo cuando ella nació. El otro extremo lo amarró a un frondoso peral. Los frutos que daba aquel árbol le sabían como el más rico de los néctares.

Cuando hacía buen tiempo Rosario salía al jardín con un libro bajo el brazo dispuesta a pasar un rato leyendo tumbada en la hamaca, a la sombra de los árboles. Unos días lo hacía después de comer, cuando los demás dormían la siesta; otros a media tarde, cerca de la puesta de sol. Lo único que la podía obligar a romper su ritual era la lluvia o el frío excesivo. Aquel era su reducto de felicidad y no estaba dispuesta a renunciar a él así como así.

Al igual que Rosario, el resto de habitantes de la casa había buscado su propio espacio para los momentos de felicidad que podían arañarle al tiempo. Habían logrado un cierto equilibrio en sus vidas. De hecho todo el mundo era feliz hasta que él regresaba a la casa. Ese era el punto de inflexión del día a día. La felicidad y la calma, de repente, se tornaban en silencio, prudencia y miedo.

Rosario miraba desde la ventana de su cuarto a la hamaca moverse con el viento, esperándola paciente hasta que al día siguiente volvieran a reencontrarse en el jardín. Con su ayuda y la de los libros conseguía alejarse de aquella vida que detestaba, viajar a otros mundos, convertirse en la hija perfecta que jamás lograba ser. «Algún día te transformarás en alguien muy sabio e importante», le decía su madre. «Lees tantos libros que ya verás como alcanzarás cualquier meta que te propongas».

«Quién sabe, en un futuro, puede que…», pensaba Rosario observando la noche desde su ventana. «Quizás puede que así logre que padre deja de pegarnos a mamá y a mí; puede que, tal vez, me dé cientos de besos, incluso puede que me sorprenda con algunos abrazos, unas palabras amables o unos aplausos».

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(Taller de escritura nº 55 de Literautas – Móntame una escena: Todo el mundo era feliz hasta que…)