De sol a sol

Todos en el pueblo tenían a Ismael por un pobre diablo. Era tan bonachón y valía para tan poco que decidieron que lo más justo sería buscarle un trabajo en el que se sintiera valorado. Al final lo encontraron. Cada noche Ismael se iba a dormir muy temprano. Al día siguiente se levantaba casi al alba, se encaminaba a las murallas y abría la Puerta del Sol. Ser portero le hacía muy feliz. Sentía que gracias a su trabajo el calor y la luz del astro entraban cada día en su pueblo.

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Microrrelato que participa en el Reto 5 líneas del mes de Enero del blog de Adella Brac.

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El vaivén de las mareas

Cuando era pequeño mi padre me explicaba con suma paciencia, una vez tras otra, que las aguas del mar subían y bajaban por la atracción que sentían hacia el sol y la luna. Tuvieron que pasar muchos años para que mi espíritu siempre indómito lograra aceptar que el mar no era libre de actuar como creyera oportuno. Para mí, aquel inmenso azul era la representación misma de la fuerza de la vida, del poder de la naturaleza, y, aunque llegué a entender a la perfección la explicación de mi padre, mi mente se negaba a asumirla.

Sin llegar a ser consciente de la decepción que ese hecho irrefrenable supuso para mi soñadora imaginación infantil poco a poco me fui alejando del mar y de la profesión que mi familia tenía predispuesta para mí en un futuro: seguir con la tradición familiar de ser patrón de un barco pesquero.

El mar había perdido toda la magia que yo le había atribuido. No podía estar más desilusionado. Tan sólo era una inmensa masa de agua salada cuyo vaivén dependía de las órdenes que los astros del cielo le dieran.

Todo esto ocurrió durante mi infancia. Aquel desengaño dejó una huella imborrable en mi alma hasta tal punto que hoy vivo en una ciudad del interior a más de seiscientos kilómetros de la costa más cercana. Y saben qué; que soy feliz a pesar de que la historia de mi vida no se pueda resumir con las tres palabras favoritas de mi padre: lobo de mar.

Ahora me dedico a lo que de verdad me importa. Me da lo mismo lo que la gente pueda pensar de mí: que si tiré una profesión con futuro por la borda, que si podía ser el dueño de mi propio barco, que si decepcioné a mis padres con la vida que elegí…

Ellos, aunque siguen sin entender a lo que me dedico, han aceptado mi decisión. Lo que digan los demás nada vale. Me da igual, sobre todo porque mucha de esa gente que me critica después acude a mi consulta para que les solucione sus problemas. Estudio la posición de los astros y sus movimientos como medio para predecir lo que les va a suceder en un futuro. Quieren saber si se van a enamorar, si van a encontrar trabajo, si se van a curar de la enfermedad que tienen… todos vienen a mí, antes o después.

Jamás me he arrepentido de dedicarme a la astrología. Ahí es donde está la magia, el verdadero poder de la naturaleza, en los astros. El mar es hermoso, tanto o más que el sol y la luna, pero son ellos los que dominan el vaivén de las mareas.

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Con este relato participo en el concurso de Zenda #UnMarDeHistorias