Paralelismos

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Imagen de Elmar Geißler publicada en Escribe fino

En el centro de la esfera del reloj podía leerse la leyenda que le recordaba el lugar donde lo había comprado: Grand Central Terminal – New York. La última vez que había visitado la ciudad lo había hecho con Lucía. Ahora ya no estaba a su lado. Su relación había comenzado ha resquebrajarse al mismo tiempo que el reloj había dejado de funcionar.

Al principio no se dio cuenta del paralelismo que existía entre su relación con Lucía y el funcionamiento del reloj. Primero dejó de marcar las horas con puntualidad: o bien se adelantaba o bien se atrasaba, pero rara vez marcaba la hora que debía. Más tarde terminó por dejar de funcionar por completo. Ahí es cuando las discusiones con Lucía fueron cada vez más frecuentes y con mayor intensidad.

Una mañana al despertarse se dio cuenta de que al reloj le faltaban las manecillas. Tanto la aguja de las horas como el minutero o el segundero habían desaparecido. La esfera blanca resplandecía con sus doce números perfectamente ordenados sin que nada impidiera su visión. La noche anterior Lucía había decidido abandonar el piso que compartían.

Decidió, entonces, desmontar por completo el reloj. No podía dejarlo peor de lo que estaba así que por qué no intentar arreglarlo. Lo primero que haría sería buscar dónde podía comprar otras manecillas. Una vez que las tuviera, las instalaría de nuevo sobre la esfera numérica. Puede que, a lo mejor, cuando consiguiera que el reloj volviera a funcionar marcando el tiempo que pasa consiguiera también que Lucía le diera otra oportunidad volviendo a casa.

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(Para El Bic Naranja – Viernes Creativo)

 

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La primera vez

Pasaba las páginas del periódico sin prestar atención a ninguna noticia. Antes había intentado tranquilizarse, sin éxito, leyendo un libro. De repente nació en él la inquietud de que ella no viniera aquella mañana al café. Necesitaba disculparse. La mujer que amaba se le había acercado el día anterior, después de varias miradas y sonrisas furtivas, y él se había quedado mirándola paralizado, mudo. Sólo cuando la vio marcharse enfadada se percató de su falta de tacto. No podía escudarse más en su timidez enfermiza. Aquel día tenía, sin falta, que reparar el daño hecho y hablar, por primera vez, con una mujer distinta a su madre.

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Microrrelato que participa en el Reto 5 Líneas del mes de agosto del blog de Adella Brac.

 

Te quiero bastante

Te quiero bastante

Imagen publicada en Escribe fino

—¿Cuánto me quieres? —preguntó ella.
—Bastante —respondió él.
—Bastante no es mucho —protestó ella.
—Es bastante más que nada —sentenció él.

Esa noche la mujer no durmió muy bien pensando en la contestación que le había dado su pareja. Ella creía que congeniaban a la perfección el uno con la otra. No esperaba para nada la respuesta que había recibido a su pregunta. Aunque le estaba bien empleado por preguntar. Sabía de sobra que la romántica en aquella relación era ella. A él no le gustaban esas ñoñerías de los “te quiero”, de las cenas con velas, de las puestas de sol… En el día a día le demostraba su amor con hechos; jamás con palabras.

A la mañana siguiente el hombre se levantó más temprano de lo habitual. Se fue de casa sin despedirse de la mujer con su rutinario pico en la boca. Ella jamás pensó que una simple pregunta, un juego, pudiera traerle tantos problemas. Él se había sentido molesto, o quizás cuestionado, por la pregunta que le había hecho la tarde anterior. Pero no era esa su intención.

La mujer se tomó un café con leche, se puso su chándal y deportivas. Hacer un poco de ejercicio a la orilla del mar le sentaría bien. Necesitaba despejar la cabeza, pensar con frialdad la manera de solucionar ese entuerto que la estaba distanciando si haberlo pretendido de su pareja.

Bajó hasta el puerto. El paseo que había al lado del espigón que protegía a los barcos era su espacio favorito para caminar. Las grandes piedras de hormigón contra las que el mar batía con fuerza los días de gran oleaje conseguían calmarla; la hacían sentir segura, protegida. Según se iba acercando entrevió a un hombre sentado entre ellas mirando al mar aunque no le hizo mucho caso inmersa como iba en sus pensamientos.

Sólo cuando estaba más cerca reconoció al hombre. Era su pareja. ¿Qué pintaba allí a aquellas horas? El corazón se le aceleró; sus pasos también. Su cabeza comenzó a pensar estupideces tales como que si estaría sopesando suicidarse o algo semejante. La angustia no la dejaba respirar con facilidad pero no le impidió correr hacia donde él estaba sentado.

Al llegar al lugar gritó al hombre para que se percatara de su presencia. Él se incorporó y se quedó de pie encima de una de aquellas enormes piedras. En ella había escritas unas palabras con pintura negra, en letras bien grandes, para que se leyeran con facilidad desde el paseo: Te quiero bastante. Ella sonrió feliz al leerlas.

 

(Para El Bic Naranja –  Viernes Creativo)

El reloj de oro

No comprendía bien por qué la llamaron. Seguro que se habían equivocado. Ella no tenía ningún familiar en Argentina. Pero el abogado con el que habló había sido bien claro. Don Elías había dejado dispuesto que el reloj que le había acompañado desde que llegara de España tenía que ser para ella. Sólo podía decirle al respecto que en el reverso tenía grabada una frase y una fecha: Al amor de mi vida – 01–04-1939. Entonces miró la medalla que su madre le había puesto al cuello antes de morir. Al leer su inscripción lo entendió todo.

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Microrrelato que participa en el Reto 5 líneas del mes de Abril del blog de Adella Brac.

Telepatía

Lo tenía decidido. Esa misma tarde se metería en la bañera y se cortaría las venas. Sólo quería despedirse de una persona antes de hacerlo. Marcó su número de teléfono. Esperó un tono tras otro pero nadie respondió. Entonces sonó el timbre de la puerta. Ahí estaba ella, con un bastón de caramelo en la boca, mirándolo.

—¿Vamos al cine? —propuso ella.

—Bueno, eh…, pues vale… —contestó él.

—Perdona, ¿estabas haciendo algo importante?

—No, nada —dijo él—. Ya lo haré otro día.

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Microrrelato que participa en el Reto 5 líneas del mes de Diciembre del blog de Adella Brac.

 

Vacío

Tras dejar el abrigo colgado en el perchero de la entrada entró en la casa y revisó, una a una, todas las habitaciones. La soledad reinaba a sus anchas entre aquellas paredes. Sonó el teléfono que tenía sobre el aparador del salón.

—¿Qué tal estás? —preguntó su madre.

—Bien, estamos bien, decidiendo qué vamos a cenar —respondió Víctor.

—Pero, ¿con quién estás?

—Estoy con Mara, mamá.

—No puede ser, cariño. Mara murió. ¿No lo recuerdas?

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Microrrelato que participa en el Reto 5 líneas del mes de Noviembre del blog de Adella Brac.