Te tomo de la mano

Mi compañera inseparable de aventuras nunca me ha fallado. En su cesta guardaba una lupa, una bolsa de plástico con el cierre hermético, una caja de clips, una máscara que ocultaba parte de mi rostro si era necesario y una cámara de fotos desechable. Con todo ello salía de excursión cada tarde durante las vacaciones de verano.

Mis inexpertos ojos descubrían nuevas especies de insectos y plantas que nunca había visto, encontraban nuevos caminos que me llevaban a lugares insospechados. La aventura de vivir estaba comenzando para mí y ella iba siempre conmigo.

Han pasado los años. Aún hoy me espera paciente en el desván dispuesta a marchar a donde mi corazón nos lleve otro verano más. Tal vez esta tarde tome de la mano a mi bicicleta blanca y vayamos juntas a descubrir el amor que se esconde en mi primer beso a la orilla del mar. La aventura de vivir sigue adelante y ella continúa a mi lado.

Feliz Día mundial de la bicicleta

Navidad en línea

Eran las doce en punto de la mañana cuando sonó el telefonillo. Micifú saltó de encima de la mesa. Le gustaba ponerse allí, cerca del calorcito que soltaba el ordenador, mientras que Margot trabajaba. Un par de días antes su jefe les comentó, en la última reunión on-line del equipo, que ante la imposibilidad de hacer la comida anual todos juntos, ese año iban a recibir en sus casas una cesta de navidad con la que celebrar las fiestas con sus seres queridos.

La última vez que vio en persona a todos sus compañeros, incluido Héctor, fue en el mes de marzo cuando los mandaron a casa para trabajar desde allí. En la mente de Margot estuvo el temor de perder su puesto de trabajo, pero ahora que estaba a punto de acabar el año daba gracias porque al final todo siguiera casi igual que siempre. Solo le pesaba la soledad que se había instalado en su vida.

Al abrir el paquete que le había dejado el mensajero en la puerta de su piso vio que el contenido del mismo no era lo que ella esperaba. No había turrones, mazapanes, ni latas de fuagrás de pato; ni rastro de las uvas pasas o de las botellas de sidra. En su lugar había varios envases de papel de aluminio cerrados a la perfección. Algunos estaban fríos; otros, en cambio, podían llegar a quemarte la mano si los sujetabas mucho rato. Junto a ellos venía un folio escrito a máquina, con unas flores decorando los bordes del papel. Eran unas instrucciones para saber qué hacer con toda aquella comida a medio preparar que acababa de recibir. Micifú acercaba, curioso, su nariz a los paquetes intentando olisquear lo que Margot había dispuesto sobre la mesa de la cocina a la espera de decidir qué iba a hacer con todo aquello.

Foto por Alma Rural

El sonido del móvil alertándola de la entrada de un mensaje hizo que desviara su atención de la comida. “Comunicado urgente” rezaba en el asunto del correo que acababa de entrar en su buzón de la empresa. «¿Qué puede ser? ¿No irán a despedirme precisamente ahora a las puertas de la Navidad? ¿No serán capaces?», pensó Margot.

Corriendo salió de la cocina para dirigirse al rincón del salón donde había montado su pequeña oficina temporal. Allí estaba el comunicado urgente, en la pantalla del ordenador, con sus letras en negrita, como correo pendiente de leer. Margot se sentó en la silla, movió el ratón hasta dejar el cursor justo encima de él y cerró los ojos al tiempo que pulsaba sobre el correo. Poco a poco fue abriéndolos de nuevo, hasta que pudo fijar de nuevo la vista en el texto.

«Estimados empleados:

Esta mañana han recibido todos ustedes la visita de un repartidor que les ha dejado un paquete en sus casas. Sabemos que lo que estaban esperando recibir era una cesta con productos típicos de la Navidad. Sin embargo, nos ha parecido más conveniente poder reunirnos todos una vez más en nuestra comida anual de empresa y les hemos enviado su almuerzo con nuestro nuevo servicio de catering. Deseando que haya sido de su agrado esta sorpresa les esperamos, a las dos de la tarde, en el espacio habitual que usamos para las reuniones on-line para comer todos juntos un año más y cerrar este 2020 tan especial. Se ruega puntualidad. Pónganse sus mejores galas para este almuerzo con los compañeros.

Sin otro particular.

Firmado: La Dirección»

Margot miró su reloj de pulsera para ver la hora que era. Tenía menos de dos horas para arreglarse. «Sus mejores galas… », pensó Margot, «…y lo dicen así, sin avisar con tiempo suficiente. Confío en que Héctor también pueda conectarse». Micifú observaba a su dueña, desde su puesto de vigía en lo alto del armario, saliendo y entrando a toda prisa del dormitorio hacia el baño, abriendo y cerrando cajones, descolgando ropa que se ponía ante ella mirándose en el espejo para después dejarla caer encima de la cama.

Faltaba menos de media hora para la conexión con todos sus compañeros y aún tenía que terminar de preparar la comida. «Con lo patosa que soy, seguro que me mancho», le dijo Margot a Micifú, quien iba siguiéndola por toda la casa. Con sumo cuidado, Margot fue sacando los contenidos de los tres envases más grandes y los fue colocando en otros tantos platos. Lo demás eran salsas, dulces navideños, pan y una botella de vino de rioja.

Cinco minutos antes de la conexión ya tenía la comida en la mesa frente al ordenador. Se miró de nuevo en el espejo. Un último visto bueno y listo. «Vale, no tienes duda», se dijo Margot a sí misma dándose ánimos. «Ahora a poner la mejor de tus sonrisas».

A las dos en punto, uno a uno se fueron conectando todos los compañeros. La pantalla se fue llenando de rostros conocidos. Héctor había sido uno de los últimos en conectarse. Los saludos se entremezclaban los unos con los otros. Las bromas habituales consiguieron relajar el extraño ambiente de aquella insólita comida. El jefe del equipo ejercía de maestro de ceremonias llevando el ritmo del grupo. Margot pinchó sobre la imagen de Héctor. Múltiples charlas salían del ordenador, pero solo estaba la imagen de él en la pantalla. Micifú, sentado en el regazo de Margot, asomaba la cabeza por encima del borde de la mesa.

—¡Eh, chicos, mirar qué gato más bonito tiene Margot! —dijo Héctor a todo el grupo. Margot sonrió en respuesta a la apreciación.

—Es Micifú, mi compañero de oficina, que también se ha querido sumar a la reunión.

Margot alzó la copa de vino cuando oyó a su jefe decir que iban a brindar por el nuevo miembro de la empresa. Entonces la acercó a la pantalla del ordenador para chocarla con la de Héctor y sonrió feliz. Sin duda esa iba a ser la mejor de sus navidades.

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Relato participante en el concurso literario “Una Navidad diferente”, organizado por Scribook

Agotado

libros_Rastro

Entré en la última librería que me quedaba por visitar. Había recorrido toda la ciudad en mi búsqueda desesperada. Entre tus manos tenías el libro que llevaba tanto tiempo rastreando. Allí donde fuera siempre obtenía la misma respuesta a mis preguntas sobre él: «Está agotado». Ahora que por fin había dado con el libro resulta que iba a perderlo otra vez. No me quedó más remedio que tropezar contigo y conseguir que aceptaras, a modo de disculpa, una invitación a café. Con un poco de suerte lograría que te enamorases de mí. Así tu nuevo libro terminaría siendo mío también.

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(Publicado en Taller de escritura nº 62 de Literautas – Móntame una escena: junio, 2019…)

Nube de fuego

Cupido no tuvo la culpa. Prefiero echársela al destino o a la diosa Fortuna. Coincidió que era el día de los enamorados… pues era… pero ya se estaba acabando. Fue al atardecer del día. Los dos nos paramos a un tiempo, en plena calle.

Miramos a la misma nube. Yo hice una foto; tú sólo la observabas. Esa coincidencia nos hizo mirarnos y sonreírnos. Tuviste el valor de hablarme. Yo no lo hubiera tenido:

– “Hermosa nube. Parece que está ardiendo”.

– “Lástima que pronto desaparecerá” – te dije.

– “Ya no, mientras tu foto exista. No la destruyas nunca. Será un momento único en tu vida”.

Entonces saqué valor no sé de dónde. Lo normal es que mi timidez me impida hablar a las mujeres:

–      “Si quieres te la mando por correo. ¿Cuál es tu e-mail?”.

No me lo podía creer. Le estaba pidiendo su correo electrónico a una mujer. Y ella lo estaba escribiendo en un papel.

Después de eso vino nuestra correspondencia casi diaria durante meses. Nos fuimos conociendo poco a poco. Con miedo por mi parte, con precaución por la tuya. Hasta que llegó nuestra primera cena. Y ahí sí que terminó por surgir algo entre nosotros.

Tú dices que fue trabajo de Cupido, que fueron las flechas del amor que atinaron en nuestros corazones. Yo soy un poco más prosaico, menos poético y prefiero pensar que nuestro destino estaba marcado para que acabáramos juntos.

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(Publicado también en Masticadores de Letras – USA: https://masticadoresamerica.wordpress.com/2020/03/10/nube-de-fuego-by-mi-alma-rural/)

 

Paralelismos

elmar-geissler-reloj-sin-tiempo

Imagen de Elmar Geißler publicada en Escribe fino

En el centro de la esfera del reloj podía leerse la leyenda que le recordaba el lugar donde lo había comprado: Grand Central Terminal – New York. La última vez que había visitado la ciudad lo había hecho con Lucía. Ahora ya no estaba a su lado. Su relación había comenzado ha resquebrajarse al mismo tiempo que el reloj había dejado de funcionar.

Al principio no se dio cuenta del paralelismo que existía entre su relación con Lucía y el funcionamiento del reloj. Primero dejó de marcar las horas con puntualidad: o bien se adelantaba o bien se atrasaba, pero rara vez marcaba la hora que debía. Más tarde terminó por dejar de funcionar por completo. Ahí es cuando las discusiones con Lucía fueron cada vez más frecuentes y con mayor intensidad.

Una mañana al despertarse se dio cuenta de que al reloj le faltaban las manecillas. Tanto la aguja de las horas como el minutero o el segundero habían desaparecido. La esfera blanca resplandecía con sus doce números perfectamente ordenados sin que nada impidiera su visión. La noche anterior Lucía había decidido abandonar el piso que compartían.

Decidió, entonces, desmontar por completo el reloj. No podía dejarlo peor de lo que estaba así que por qué no intentar arreglarlo. Lo primero que haría sería buscar dónde podía comprar otras manecillas. Una vez que las tuviera, las instalaría de nuevo sobre la esfera numérica. Puede que, a lo mejor, cuando consiguiera que el reloj volviera a funcionar marcando el tiempo que pasa consiguiera también que Lucía le diera otra oportunidad volviendo a casa.

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(Para El Bic Naranja – Viernes Creativo)

 

La primera vez

Pasaba las páginas del periódico sin prestar atención a ninguna noticia. Antes había intentado tranquilizarse, sin éxito, leyendo un libro. De repente nació en él la inquietud de que ella no viniera aquella mañana al café. Necesitaba disculparse. La mujer que amaba se le había acercado el día anterior, después de varias miradas y sonrisas furtivas, y él se había quedado mirándola paralizado, mudo. Sólo cuando la vio marcharse enfadada se percató de su falta de tacto. No podía escudarse más en su timidez enfermiza. Aquel día tenía, sin falta, que reparar el daño hecho y hablar, por primera vez, con una mujer distinta a su madre.

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Microrrelato que participa en el Reto 5 Líneas del mes de agosto del blog de Adella Brac.

 

Te quiero bastante

Te quiero bastante

Imagen publicada en Escribe fino

—¿Cuánto me quieres? —preguntó ella.
—Bastante —respondió él.
—Bastante no es mucho —protestó ella.
—Es bastante más que nada —sentenció él.

Esa noche la mujer no durmió muy bien pensando en la contestación que le había dado su pareja. Ella creía que congeniaban a la perfección el uno con la otra. No esperaba para nada la respuesta que había recibido a su pregunta. Aunque le estaba bien empleado por preguntar. Sabía de sobra que la romántica en aquella relación era ella. A él no le gustaban esas ñoñerías de los “te quiero”, de las cenas con velas, de las puestas de sol… En el día a día le demostraba su amor con hechos; jamás con palabras.

A la mañana siguiente el hombre se levantó más temprano de lo habitual. Se fue de casa sin despedirse de la mujer con su rutinario pico en la boca. Ella jamás pensó que una simple pregunta, un juego, pudiera traerle tantos problemas. Él se había sentido molesto, o quizás cuestionado, por la pregunta que le había hecho la tarde anterior. Pero no era esa su intención.

La mujer se tomó un café con leche, se puso su chándal y deportivas. Hacer un poco de ejercicio a la orilla del mar le sentaría bien. Necesitaba despejar la cabeza, pensar con frialdad la manera de solucionar ese entuerto que la estaba distanciando si haberlo pretendido de su pareja.

Bajó hasta el puerto. El paseo que había al lado del espigón que protegía a los barcos era su espacio favorito para caminar. Las grandes piedras de hormigón contra las que el mar batía con fuerza los días de gran oleaje conseguían calmarla; la hacían sentir segura, protegida. Según se iba acercando entrevió a un hombre sentado entre ellas mirando al mar aunque no le hizo mucho caso inmersa como iba en sus pensamientos.

Sólo cuando estaba más cerca reconoció al hombre. Era su pareja. ¿Qué pintaba allí a aquellas horas? El corazón se le aceleró; sus pasos también. Su cabeza comenzó a pensar estupideces tales como que si estaría sopesando suicidarse o algo semejante. La angustia no la dejaba respirar con facilidad pero no le impidió correr hacia donde él estaba sentado.

Al llegar al lugar gritó al hombre para que se percatara de su presencia. Él se incorporó y se quedó de pie encima de una de aquellas enormes piedras. En ella había escritas unas palabras con pintura negra, en letras bien grandes, para que se leyeran con facilidad desde el paseo: Te quiero bastante. Ella sonrió feliz al leerlas.

 

(Para El Bic Naranja –  Viernes Creativo)

El reloj de oro

No comprendía bien por qué la llamaron. Seguro que se habían equivocado. Ella no tenía ningún familiar en Argentina. Pero el abogado con el que habló había sido bien claro. Don Elías había dejado dispuesto que el reloj que le había acompañado desde que llegara de España tenía que ser para ella. Sólo podía decirle al respecto que en el reverso tenía grabada una frase y una fecha: Al amor de mi vida – 01–04-1939. Entonces miró la medalla que su madre le había puesto al cuello antes de morir. Al leer su inscripción lo entendió todo.

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Microrrelato que participa en el Reto 5 líneas del mes de Abril del blog de Adella Brac.

Telepatía

Lo tenía decidido. Esa misma tarde se metería en la bañera y se cortaría las venas. Sólo quería despedirse de una persona antes de hacerlo. Marcó su número de teléfono. Esperó un tono tras otro pero nadie respondió. Entonces sonó el timbre de la puerta. Ahí estaba ella, con un bastón de caramelo en la boca, mirándolo.

—¿Vamos al cine? —propuso ella.

—Bueno, eh…, pues vale… —contestó él.

—Perdona, ¿estabas haciendo algo importante?

—No, nada —dijo él—. Ya lo haré otro día.

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Microrrelato que participa en el Reto 5 líneas del mes de Diciembre del blog de Adella Brac.