La poeta

—De mayor quiero ser poeta —respondió la niña a la pregunta que acababa de hacerle su abuela materna.
—¡Poeta! ¡Pero qué ocurrencias tienes!
—Sí, yaya, quiero ser poeta.
—¿Y eso de dónde lo has sacado? —volvió a preguntar la abuela—. Además, ¿tú sabes qué es lo que hace una poeta?
—Una poeta hace poesía —dijo la niña toda llena de razón.
—Muy bien, ¿y tú sabes hacer poesía?
—No, pero puedo aprender.
—Para eso tendrás que estudiar mucho en la escuela —señaló la abuela.

La niña se quedó mirando a su abuela con una sonrisa condescendiente como perdonándole el que no estuviera entendiendo nada.

—No, yaya, no tengo que estudiar mucho.
—Yo creo que sí.
—No, que va… sólo tengo que ser como mamá.
—¿Cómo mamá? —preguntó extreñada la abuela.
—Sí, como mamá. Papá le dice a mamá que derrama poesía cada vez que habla, cada vez que se mueve, con cada cosa que hace.

La abuela no pudo evitar sonreír al ver la cara de felicidad con que la niña hablaba de su madre.

—No sé que es eso de derramar que dice papá —continuó apuntando la niña—, pero mamá hace poesía y yo quiero ser como mamá, una poeta.

-.-

(Taller de escritura nº 51 de Literautas: Móntame una escena: el armario y la idea)

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Me declaro inocente

Desperté junto a ti, feliz de estar a tu lado. Llegar hasta tu corazón fue mi aventura más difícil. Mucho más que navegar el Amazonas, que subir el Everest…

Todo comenzó con un robo, aunque me declaro inocente del delito que se me imputa. El día que me miraste perdí toda mi fuerza de voluntad y te robé un beso. No lo puede evitar. Tal vez soy culpable, sí, pero de amarte.