Carta a Santa Claus

Querido Santa:

¿Te acuerda cuando te ponía de pequeña que había sido muy buena para que me trajeras todos los regalos que te pedía? Bueno, pues ahora, solo te pido que me ayudes a cumplir de una puñetera vez con mi propósito de Año Nuevo.

Año tras año me hago el mismo propósito y, ahí sigue, el muy… sin dignarse a que lo cumpla. Me digo siempre: «Este año lo voy a conseguir», hasta que llega diciembre, claro. Tú sabes que no te estoy hablando de dejar de fumar. Eso hace años que lo dejé; antes incluso de que existiera esto de los propósitos de Año Nuevo —fíjate si soy vieja—. ¿Quién los habrá inventado? Seguro que los americanos.

También está el propósito de adelgazar, pero ese ya lo he dejado por imposible. ¡Está tan rico el chocolate! O lo de aprender a hablar inglés. Todavía insisto en ello aunque cada vez estoy más convencida de que la lengua de Shakespeare no está hecha para mí.

Mi propósito de Año Nuevo tiene más que ver con mi yo interior, con ser capaz de juntar unos cuantos párrafos escritos con los que construir una historia, y, después otra y otra y otra… No te pido tanto, Santa. Ya podías echarme un cable, ¿no te parece? Año tras año sigo fiel a ti, mandándote mi carta, pidiéndote lo mismo. Tú verás lo que haces. Si no voy a tenerme que ir a la competencia. Los Reyes Magos están deseando tener nuevos clientes. A ellos nunca les he pedido mi propósito de Año Nuevo.

Firmado:

Una escritora desesperada.

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Convence a Santa de que este año mereces recibir lo que le has pedido. Ten en cuenta que, dependiendo de la originalidad de la carta que redactes, llegarán o no los regalos.

Desafío nº2 publicado en Desafíos semanales de Scribook

Navidad en línea

Eran las doce en punto de la mañana cuando sonó el telefonillo. Micifú saltó de encima de la mesa. Le gustaba ponerse allí, cerca del calorcito que soltaba el ordenador, mientras que Margot trabajaba. Un par de días antes su jefe les comentó, en la última reunión on-line del equipo, que ante la imposibilidad de hacer la comida anual todos juntos, ese año iban a recibir en sus casas una cesta de navidad con la que celebrar las fiestas con sus seres queridos.

La última vez que vio en persona a todos sus compañeros, incluido Héctor, fue en el mes de marzo cuando los mandaron a casa para trabajar desde allí. En la mente de Margot estuvo el temor de perder su puesto de trabajo, pero ahora que estaba a punto de acabar el año daba gracias porque al final todo siguiera casi igual que siempre. Solo le pesaba la soledad que se había instalado en su vida.

Al abrir el paquete que le había dejado el mensajero en la puerta de su piso vio que el contenido del mismo no era lo que ella esperaba. No había turrones, mazapanes, ni latas de fuagrás de pato; ni rastro de las uvas pasas o de las botellas de sidra. En su lugar había varios envases de papel de aluminio cerrados a la perfección. Algunos estaban fríos; otros, en cambio, podían llegar a quemarte la mano si los sujetabas mucho rato. Junto a ellos venía un folio escrito a máquina, con unas flores decorando los bordes del papel. Eran unas instrucciones para saber qué hacer con toda aquella comida a medio preparar que acababa de recibir. Micifú acercaba, curioso, su nariz a los paquetes intentando olisquear lo que Margot había dispuesto sobre la mesa de la cocina a la espera de decidir qué iba a hacer con todo aquello.

Foto por Alma Rural

El sonido del móvil alertándola de la entrada de un mensaje hizo que desviara su atención de la comida. “Comunicado urgente” rezaba en el asunto del correo que acababa de entrar en su buzón de la empresa. «¿Qué puede ser? ¿No irán a despedirme precisamente ahora a las puertas de la Navidad? ¿No serán capaces?», pensó Margot.

Corriendo salió de la cocina para dirigirse al rincón del salón donde había montado su pequeña oficina temporal. Allí estaba el comunicado urgente, en la pantalla del ordenador, con sus letras en negrita, como correo pendiente de leer. Margot se sentó en la silla, movió el ratón hasta dejar el cursor justo encima de él y cerró los ojos al tiempo que pulsaba sobre el correo. Poco a poco fue abriéndolos de nuevo, hasta que pudo fijar de nuevo la vista en el texto.

«Estimados empleados:

Esta mañana han recibido todos ustedes la visita de un repartidor que les ha dejado un paquete en sus casas. Sabemos que lo que estaban esperando recibir era una cesta con productos típicos de la Navidad. Sin embargo, nos ha parecido más conveniente poder reunirnos todos una vez más en nuestra comida anual de empresa y les hemos enviado su almuerzo con nuestro nuevo servicio de catering. Deseando que haya sido de su agrado esta sorpresa les esperamos, a las dos de la tarde, en el espacio habitual que usamos para las reuniones on-line para comer todos juntos un año más y cerrar este 2020 tan especial. Se ruega puntualidad. Pónganse sus mejores galas para este almuerzo con los compañeros.

Sin otro particular.

Firmado: La Dirección»

Margot miró su reloj de pulsera para ver la hora que era. Tenía menos de dos horas para arreglarse. «Sus mejores galas… », pensó Margot, «…y lo dicen así, sin avisar con tiempo suficiente. Confío en que Héctor también pueda conectarse». Micifú observaba a su dueña, desde su puesto de vigía en lo alto del armario, saliendo y entrando a toda prisa del dormitorio hacia el baño, abriendo y cerrando cajones, descolgando ropa que se ponía ante ella mirándose en el espejo para después dejarla caer encima de la cama.

Faltaba menos de media hora para la conexión con todos sus compañeros y aún tenía que terminar de preparar la comida. «Con lo patosa que soy, seguro que me mancho», le dijo Margot a Micifú, quien iba siguiéndola por toda la casa. Con sumo cuidado, Margot fue sacando los contenidos de los tres envases más grandes y los fue colocando en otros tantos platos. Lo demás eran salsas, dulces navideños, pan y una botella de vino de rioja.

Cinco minutos antes de la conexión ya tenía la comida en la mesa frente al ordenador. Se miró de nuevo en el espejo. Un último visto bueno y listo. «Vale, no tienes duda», se dijo Margot a sí misma dándose ánimos. «Ahora a poner la mejor de tus sonrisas».

A las dos en punto, uno a uno se fueron conectando todos los compañeros. La pantalla se fue llenando de rostros conocidos. Héctor había sido uno de los últimos en conectarse. Los saludos se entremezclaban los unos con los otros. Las bromas habituales consiguieron relajar el extraño ambiente de aquella insólita comida. El jefe del equipo ejercía de maestro de ceremonias llevando el ritmo del grupo. Margot pinchó sobre la imagen de Héctor. Múltiples charlas salían del ordenador, pero solo estaba la imagen de él en la pantalla. Micifú, sentado en el regazo de Margot, asomaba la cabeza por encima del borde de la mesa.

—¡Eh, chicos, mirar qué gato más bonito tiene Margot! —dijo Héctor a todo el grupo. Margot sonrió en respuesta a la apreciación.

—Es Micifú, mi compañero de oficina, que también se ha querido sumar a la reunión.

Margot alzó la copa de vino cuando oyó a su jefe decir que iban a brindar por el nuevo miembro de la empresa. Entonces la acercó a la pantalla del ordenador para chocarla con la de Héctor y sonrió feliz. Sin duda esa iba a ser la mejor de sus navidades.

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Relato participante en el concurso literario “Una Navidad diferente”, organizado por Scribook

Fragmento 1.0

Leer nos enriquece la vida.
José Luis Sampedro – El valor de la palabra.

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Leer nos enriquece la vida. Con el libro volamos a otras épocas y otros paisajes; aprendemos el mundo, vivimos la pasión o la melancolía. La palabra fomenta nuestra imaginación: leyendo inventamos lo que no vemos, nos hacemos creadores.

Ahora nos gritan que vale más la imagen y con la televisión, la primera escuela, se inculcan a los niños, antes que hablen, los dos desafueros del sistema: la violencia y el consumo. Con esas cadenas el poder político y el económico nos educan para ciudadanos pasivos, sin imaginación porque siempre es peligrosa para los poderes establecidos. Y ante esas imágenes carecemos de voz: no tenemos medios para televisar contrariamente mensajes de tolerancia y de sensatez. 

Hace cinco siglo la imprenta nos libró de la ignorancia llevando a todos el saber y las ideas. El alfabeto fomentó el pensamiento libre y la imaginación: por eso ahora nos quieren analfabetos. Frente a…

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Trabajo en equipo

Recuerdo que estábamos toda la pandilla, al alba, sentados sobre el malecón mirando con atención como los barcos regresaban a puerto después de una noche faenando. Tras amarrar las naves, los tripulantes descargaban, con la ayuda de las grúas, las pesadas cajas blancas con la pesca de la jornada. Yo, al igual que mis compañeros, me moría de ganas de que terminaran su trabajo para poder acercarme. Ninguno de nosotros hablaba. Cual estatuas observábamos rígidos las cajas con los peces. Nadie quería perderlas de vista ni por un segundo. El último en llegar aquella madrugada fue el barco del capitán Iriarte. Al verlo, Bruno levantó la cabeza olisqueando, mirando hacia el puente de mando en su busca.

Sé que la vida de Bruno, según él mismo me contó hace un par de años, no fue muy fácil desde que siendo muy pequeño lo echaron de su casa al llegar el cachorro humano. Todavía añoraba el olor a pescado que se esparcía por aquel hogar cuando el capitán Iriarte regresaba cada mañana desde la lonja. Bruno aspiraba aquella fragancia al sentarse en su regazo con la cabeza apoyada en su pecho mientras él tomaba el primer café del día. Le parecía la mejor de las esencias, el mejor de los lugares.

La primera vez que el capitán lo dejó en una cuneta de la carretera camino del puerto, Bruno no se lo podía creer. Se quedó mirando hacía él, atónito, inmóvil mientras veía como se alejaba dejándolo sentado allí solo. Lo intentó varias veces más abandonándolo cada vez en un sitio distinto, un poco más lejos, para que no fuera capaz de volver de nuevo, pero siempre conseguía regresar hasta que desistió cansado de tanto menosprecio.

Sobrevivir en la calle hubiera sido una misión imposible para Bruno de no ser por la suerte que tuvo de que Nico, nuestro antiguo jefe, lo encontrase una noche en la que dormía al fondo de un callejón sin salida sobre un cartón húmedo. Le dio tanta pena verlo en aquella situación tan deplorable que lo adoptó como si de un hijo se tratara. Lo protegió, lo llevó a la guarida donde muchos de nosotros hemos nacido y vivido desde siempre, le enseñó todo cuanto sabe. Poco a poco le fue preparando para que trabajara por el bien común. Con el tiempo se había ido convirtiendo en nuestro cabecilla y yo en su lugarteniente. Ahora todos hacemos lo que él nos manda, cuando y como él ordena, sin discutir jamás. Somos como una máquina bien engrasada que funciona con un simple empujón.

Imagen de shimanori en Pixabay

Desde donde estábamos podíamos ver relucir el brillante pescado que había sobre el muelle, pero mientras Bruno no se movió tampoco nadie se atrevió a hacerlo hasta que comenzó a menear sus bigotes. Esa era la señal de que faltaba muy poco para que entráramos en acción y así se lo hice saber al resto del grupo levantando mi cabeza. Un sonido gutural de Bruno nos puso a todos en tensión, dispuestos para el ataque.

Nos bajamos del muro y, colocados en fila india, con pasos sigilosos, seguimos a Bruno hacia el otro lado del puerto. Escondidos detrás de una furgoneta nos llegaba el conocido olor a pescado de una forma cada vez más intensa. Las últimas cajas todavía estaban esperando, alineadas y apiladas, para ser metidas en la lonja. El capitán Iriarte también estaba allí, vigilando que sus hombres llevaran todas las capturas dentro de la nave. Entonces Bruno lanzó un maullido agudo como si alguien le hubiera pisado el rabo. Ese era el momento de saltar al unísono sobre la pesca fresca que estaba ante nosotros, de intentar robar algo para el desayuno.

En cuestión de segundos, aparecimos de la nada. El capitán y algunos de sus marineros comenzaron a dar manotazos y patadas buscando evitar nuestro ataque, pero todo resultó inútil. Entonces me di cuenta. Ya nos estábamos escapando de la escena del crimen llevando cada uno un pez entre las fauces cuando giré la cabeza al no ver a Bruno entre nosotros. Me paré en seco dejando caer mi botín en el suelo. Seguía a los pies de un capitán Iriarte enojado, alterado por el saqueo que acababa de sufrir por una pandilla de gatos callejeros. Al verlo, el capitán intentó pegarle una patada con la que resarcir la rabia que sentía. Bruno saltó hacia atrás esquivándola y, como si un resorte mecánico accionara sus piernas, volvió a saltar, pero esta vez hacia adelante haciendo perder el equilibrio al sorprendido hombre tirándolo al suelo. Sin darle tiempo para que se recuperara del golpe, brincó sobre su cara. Las afiladas garras del felino arañaron el rostro del capitán una y otra vez hasta provocarle numerosas y sangrantes heridas. Bruno se dio la media vuelta y meneando el rabo de felicidad se acercó a mí con la cabeza bien alta. Esa mañana tuve que compartir mi desayuno con él, pero no me importó.

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Relato publicado en Scribook