Oscar Wilde y la escritura

 

Tal día como hoy, pero de 1900, moría en París a los 46 años un gran escritor de origen irlandés, Oscar Wilde. Mi recuerdo para con él lleva la forma de una de sus frases más geniales:

Escribí cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir. La vida no puede escribirse; sólo puede vivirse.

Yo aún no he entendido el significado de la vida por completo por eso todavía continúo escribiendo. Creo que escribiré siempre porque no sé si conseguiré nunca comprender el mundo en que vivimos. Y también viviré la vida para después contarlo en forma de relato.

 

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Vacío

Tras dejar el abrigo colgado en el perchero de la entrada entró en la casa y revisó, una a una, todas las habitaciones. La soledad reinaba a sus anchas entre aquellas paredes. Sonó el teléfono que tenía sobre el aparador del salón.

—¿Qué tal estás? —preguntó su madre.

—Bien, estamos bien, decidiendo qué vamos a cenar —respondió Víctor.

—Pero, ¿con quién estás?

—Estoy con Mara, mamá.

—No puede ser, cariño. Mara murió. ¿No lo recuerdas?

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Microrrelato que participa en el Reto 5 líneas del mes de Noviembre del blog de Adella Brac.

 

Turno de noche

La rodilla derecha estaba por completo descarnada. El brazo izquierdo presentaba un corte profundo con la carne desgarrada. Los dedos de las manos parecían que estuvieran todos rotos. En los años que llevaba en el servicio de urgencias Ismael había visto casi de todo pero jamás una carnicería como aquella. Sabía que la víctima no estaba muerta porque sino no le habrían llamado a él. En su lugar estarían los del Anatómico Forense haciendo su trabajo. Por más que pensaba, no tenía ni idea de cómo la mujer que estaba allí tirada inconsciente sobre un charco de sangre podía estar todavía viva.

La única parte del cuerpo de la mujer que permanecía intacta era su cara, un rostro delicado de piel muy blanca, con una boca pequeña de labios finos y unos ojos también pequeños y rasgados. Pese a lo dantesco del escenario, a Ismael le pareció una mujer muy bella. Con disimulo sacó su móvil del bolsillo del pantalón y enfocando hacia la cara le sacó una foto antes de que nadie pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo.

No fue hasta horas más tarde, después de acabar su turno de trabajo, cuando se permitió el lujo de volver a sacar su móvil del bolsillo para observar la imagen robada. En verdad era muy hermosa. Para entonces ya sabía que la mujer era natural de Japón, de nombre Akane y que se dedicaba al modelaje de prendas de alta costura para una firma francesa con una sucursal en la ciudad. Lo que Ismael no había podido sonsacar a los policías era qué había ocurrido para que una mujer como aquella pudiera acabar de semejante manera.

Al día siguiente Ismael volvía a tener turno de noche pero antes de irse a dormir quería dejar el tema de Akane zanjado. Había buscado el significado de ese nombre en internet: “rojo brillante”. Al leerlo Ismael había recordado la escena que se había encontrado al llegar al piso. Todo era rojo brillante. La sangre estaba esparcida por el suelo formando un pequeño lago rojo sobre el que estaba el cuerpo casi sin vida de Akane.

Al llegar a la tienda de revelado de fotos Ismael sacó su móvil del bolsillo, se lo entregó a la dependienta pidiéndole que le revelara la foto de Akane. Mientras tanto buscó entre los estantes de la tienda un marco que le resultara adecuado para enmarcar el retrato de la mujer. Encontró uno de aspecto frágil, como si fuera de porcelana, en tonos azules, como los ojos de Akane. Era el marco perfecto.

Con todo resuelto Ismael sintió que ya podía regresar a su casa a dormir. Estaba muy cansado. La noche había sido agotadora. Ocuparse de los comas etílicos de cuatro borrachos nocturnos o de las heridas por arma blanca producidas en alguna pelea callejera eran cosas a las que ya estaba acostumbrado. Pero ver escenas como las de Akane era algo a lo que jamás se terminaría de acostumbrar.

Cerró tras de sí la puerta de su casa. Por fin estaba en la seguridad y la tranquilidad de su hogar. Necesitaba una ducha antes de acostarse. Se sentía sucio después de todo lo vivido esa noche. Antes de meterse en la cama regresó a la entrada de la casa. Allí había dejado la bolsa que contenía la foto enmarcada de Akane. La sacó de la bolsa, miró el rostro de la mujer que estaba como dormida y se la llevó a su cuarto. Abrió las puertas del armario empotrado, deslizó la ropa que había colgada hacia uno de los lados y empujó el fondo del armario. Se abrió entonces un hueco por el que entraba una persona sin problemas y que daba a una habitación secreta.

Ismael entró en el pequeño cuarto, se situó en el centro y girando sobre sí mismo comenzó a observar las fotos que tenía colgadas por las paredes buscando un espacio en el que colocar el nuevo marco que tenía entre sus manos. Allí estaban todas las otras mujeres que tampoco quisieron saber nada del amor que les ofrecía. Al final Akane tampoco quiso saber nada de él. Pero ahora su rostro angelical dormía para siempre sobre la pared de su cuarto secreto entre sus fotos del turno de noche.

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(Taller de escritura nº 48 de Literautas: Móntame una escena: el armario y la idea)

Mar de sensaciones

Era más que un simple robot. Había llegado a convertirse en el alma máter de la casa. De su maestría y dotes de organización dependía que aquel hogar funcionara cada día. Desde la muerte de Julia, el que parecía un auténtico autómata era Adrián. Actuaba por inercia, siguiendo las instrucciones que Robert le daba.

Robert había llegado a aquella casa por el décimo aniversario de boda de Julia y Adrián. Él lo había traído para que realizara las tareas de la casa y poder así tener más tiempo libre para disfrutarlo juntos. Era un androide K2356. Su aspecto y funciones se correspondían con las de un mayordomo. Pero a Julia no le gustaba llamarlo por su nombre técnico, así que decidió rebautizarlo como Robert.

Al androide no le gustaba nada ver a Adrián cada día más decaído y triste pero su programación no estaba preparada para contrarrestar esos sentimientos. Sus funciones eran más operativas. Podía limpiar y ordenar toda la casa, lavar y planchar la ropa, incluso podía hacer comidas ricas y nutritivas; sin embargo sus capacidades a la hora de relacionarse con los humanos eran muy limitadas.

Una mañana en la que Robert ya había comenzado con sus tareas diarias llegó a la habitación de Adrián con la intención de hacer la cama, pero se encontró con que éste todavía no se había levantado. Seguía allí, durmiendo abrazado a un portafotos que contenía un retrato de Julia de hacía unos años en el que estaba muy hermosa. Entonces a Robert se le encendió el circuito de las ideas. Ya sabía cómo tenía que actuar. Ahora solo le quedaba hallar la manera más efectiva para implementar sus planes de modo que fueran todo un éxito.

La rutina de la vida continuó con una única diferencia. Robert había añadido a sus labores cotidianas una muy particular. Se pasaba el día recorriendo la casa así que no le fue difícil comenzar a recopilar todo lo que se fuera encontrando de Julia. Comenzó por grabar en su memoria las fotos que había de ella por todos lados; después copió los vídeos en los que Julia salía; por último, revisó el ordenador y el teléfono móvil de Adrián sin decirle nada y extrajo de ellos todo lo que tenía que ver con la mujer. Una vez que tenía toda aquella información recopilada la ordenó por fechas, por eventos y por momentos vividos por la pareja. Ahora Robert se sentía preparado para contrarrestar la tristeza de Adrián.

Una tarde en la que Adrián estaba sentado frente a la pantalla del televisor apagado, llorando en silencio, abatido por completo, Robert puso en funcionamiento su plan. Buscó dentro de su memoria un vídeo que sabía que era el favorito de Adrián cuando Julia vivía. En el vídeo salía ella paseando por la playa mientras el sol se ocultaba en el horizonte. Al oír el sonido de las olas del mar Adrián salió del ensimismamiento en el que estaba, levantó la cabeza y buscó con la mirada el lugar del que provenía el sonido. Parecía que venía del estudio de pintura de Julia. Al llegar pudo ver la imagen en movimiento de su esposa reflejada sobre un lienzo en blanco que ella había dejado instalado en el caballete para su próximo cuadro. Del otro lado de la habitación estaba un hierático Robert proyectando el vídeo desde sus ojos.

Adrián sonrió por primera vez en mucho tiempo. Era como si Julia nunca se hubiera ido. Allí estaba otra vez: serena, mojando sus pies en el mar; sonriendo al descubrir que Adrián la estaba grabando.

—¿Te ha gustado el vídeo? —preguntó Robert al acabar la proyección.

—Mucho —contestó Adrián—. Ha sido una agradable sorpresa. ¿Puedes poner otro?

Robert rebuscó con rapidez entre los vídeos que tenía en su memoria. La boda de Julia y Adrián comenzó a visualizarse sobre el lienzo en blanco. Adrián cogió el taburete que Julia usaba cuando sus sesiones de pintura se alargaban y se acomodó en él. La sonrisa que Robert observó en la cara de Adrián fue la confirmación de que su plan estaba funcionando. Él no podía sentir la felicidad que los humanos sentían pero lo que sí que sabía era que ese sentimiento les gustaba mucho, que para ellos era un mar de sensaciones.

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(Taller de escritura nº 47 de Literautas: Móntame una escena: el robot)