Una llamada de auxilio

Sé que te debo una explicación a mis respuestas evasivas de los últimos meses. Pero el problema es que todavía hoy en día ni yo misma he podido entender lo que en verdad me ocurrió aquella noche de finales de septiembre. Sin embargo, ya no aguanto más. No puedo ni quiero guardar el secreto por más tiempo. Así que he decidido contártelo. Espero me disculpes que lo haga a través de esta carta.

Como tú sabes, cada día, de un tiempo a esta parte, suelo salir a pasear después de cenar hasta la alameda que queda cerca de mi casa. Bueno, pues, la noche de la que te hablo en particular iba andando tan distraída, cavilando en mis cosas, que no me percaté de una cuerda que había extendida en el suelo hasta que enredé los pies con ella y caí de bruces. Lo primero que pensé, cuando logré incorporarme, fue qué narices hacía aquella soga en medio de la nada. No le di ninguna importancia a que hubiera acabado toda manchada de tierra. La curiosidad ya crecía en mi interior pidiendo paso como un caballo desbocado. Así que decidí seguir el rastro a ver adónde me llevaba.

La cuerda continuaba serpenteando por el suelo como un alargado réptil que dejaba ver su cuerpo de vez en cuando entre las hojas secas hasta llegar a un claro entre los árboles. Allí perdía su horizontalidad para alzarse en una vertical recta hacia el cielo. Poniéndome a su par, alcé la cabeza para ver a qué lugar ascendía, tiré de ella y aprecié que estaba firmemente atada a la Luna. Cómo era eso posible, te preguntarás. La verdad es que yo tampoco lo sé. Lo que te puedo decir es que la tenía tan cerca de mí que parecía que casi podía tocarla con la mano. Hasta estiré el brazo para ver si la alcanzaba con la punta de los dedos.

Una ráfaga de viento movió la hierba que tenía bajo mis pies invitándome a tumbarme sobre ella. En esa posición me sería más sencillo y cómodo disfrutar un poco más de la cercana compañía de la Luna. Ahora la tenía frente mí, a pocos metros. Estábamos cara a cara, observándonos la una a la otra. Fue así como reparé en algo que me entristeció bastante. La Luna no brillaba tanto como yo hubiera esperado que lo hiciera. Parte de su superficie estaba sucia con unas manchas negras parecidas al hollín que liberan las altas chimeneas de las fábricas. Entonces pensé que debía hacer algo al respecto. Las causas perdidas son mi debilidad, tú siempre me lo dices.

Apurando el paso todo lo que pude, regresé a casa. Tenía que recoger los utensilios que iba a necesitar en mi expedición lunar. Me harían falta una escoba, un recogedor y unas cuantas bolsas de basura. Mi traje de astronauta, el que había usado para disfrazarme en el último carnaval, me esperaba en el desván de mi casa dispuesto para aquel viaje espacial tan peculiar.

Al llegar otra vez al claro entre los árboles, tiré de nuevo de la cuerda. Quería asegurarme de que estuviera bien enganchada a la luna antes de aventurarme a aquel sin sentido que iba a emprender. Como pude me até todo el material de limpieza a la espalda y comencé mi ascenso. Primero la mano derecha, después la mano izquierda un poco más adelantada, la cuerda entre los pies. Arriba, arriba… hasta que llegué a la superficie lunar.

No daba crédito a lo que me estaba pasando, pero allí estaba yo, sobre la Luna, dispuesta a barrer de su superficie toda la suciedad que la humanidad habíamos ido lanzando al cielo para que al final acabara sobre ella. Quería dejarla tan limpia como siempre había estado para que volviera a brillar con fuerza, a reflejarse en el mar orquestando las mareas. Pero debía apurarme. No faltaba mucho para el amanecer, para que la Luna desapareciera hasta el día siguiente. Así que me puse manos a la obra. No podía perder más tiempo si quería hacer un buen trabajo.

Han pasado ya unos meses desde que viví aquella maravillosa experiencia. Cuando miro a la Luna y la veo brillar es como si un poco de mí formara parte de ella. Nunca hasta hoy me he atrevido a contarte mi historia. Sé que es muy difícil de creer y entiendo que no lo hagas pero, confía en mí, pasó tal y como te lo cuento. Además, creo que te debía una explicación del por qué de mis largos paseos al final del día. Cada noche regreso hasta el claro entre los álamos. Por una parte, deseo que vuelva a estar allí la cuerda para poder disfrutar otra vez de tan hermosa y gratificante vivencia pero, por otra parte, sé que es mejor que la cuerda no esté. Eso significa que la Luna está bien, que no tiene necesidad de pedirme auxilio de nuevo.

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Relato publicado en la Mentoría para Escritores de Daniel Hareg

La institutriz

El coche que la había recogido en la estación del tren comenzó a enfilar un camino de tierra delimitado por dos filas de exuberantes palmeras. Al fondo, se distinguía un enorme y elegante palacio con un cuidado jardín a sus pies. Amelia aún no podía creer que hubiera conseguido el trabajo. Vivir en un casoplón como aquel había sido siempre su sueño. Estaba convencida de que la vida era como una de esas películas de Hollywood con final feliz. La parte jodida ya la había pasado con creces. Ahora le tocaba la parte buena.

—¿Viene para el puesto de institutriz? —preguntó el chófer.

Amelia vio como el hombre la observaba desde el espejo retrovisor esperando una respuesta a su pregunta. Agitó la cabeza afirmando y volvió a mirar por la ventanilla del vehículo.

—Vaya, espero que tenga más suerte que las otras…

—¿Otras? ¿Qué otras? —Amelia giró la cabeza buscando otra vez los ojos del hombre en el espejo.

—Yo solo llevo dos años trabajando aquí, pero ya es usted la cuarta profesora que traigo a la casa —explicó el chófer—. Todas acaban dimitiendo de un día para otro sin despedirse de nadie.

Al entrar en el palacio una criada, uniformada con cofia y delantal blancos, la acompañó hasta una pequeña sala con chimenea. Allí la esperaba Rosario, la ama de llaves, que era quien se ocupaba de todo lo relativo a la casa, incluso de la contratación del nuevo personal, desde que la señora había fallecido.

—Nos alegra mucho que se haya decidido a formar parte de nuestra pequeña familia —dijo Rosario—. Ya verá, estará encantada. Los niños son un cielo. No le van a dar ningún problema. Usted solo tiene que ocuparse de su educación en los horarios que se fijen. No tiene que hacer nada más.

Aquellas palabras le sonaron a Amelia como música celestial: buen sueldo, poco trabajo, un lugar estupendo para vivir… Su contrato lo ponía todo bien claro. Ella, Amelia Lara Vieira, sería la nueva institutriz de la casa.

—Podrá pasear por donde le plazca del palacio y de los jardines cuando no esté trabajando. Tan solo existe una restricción —advirtió la ama de llaves—. Intente no ir sola a la biblioteca y, si lo hace, que no sea nunca al amanecer.

Amelia observó como, de repente, la amigable sonrisa y los chispeantes ojos de Rosario se transformaron en una mirada dura, en una mueca adusta.

—¡Prométamelo! —rogó la mujer.

—Se lo prometo —dijo Amelia intentando contentarla.

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Imagen de Manolo Franco en Pixabay 

Poco a poco los meses fueron pasando. Amelia ya se había acomodado a su nueva vida. No le fue difícil ganarse el cariño de los niños. Eran buena gente tal y como Rosario le dijo cuando llegó. También había descubierto todos los rincones que tenían el enorme edificio y el bello jardín.

Una tarde Don Jacinto, el señor de la casa, le pidió que fuera a la biblioteca para conocerla. Al entrar allí Amelia recordó la promesa hecha el primer día y no logró entender los recelos de Rosario a que fuera a aquella maravilla de estancia. Todos aquellos anaqueles repletos de cientos de libros, la altura de la sala, los grandes ventanales, los cómodos sillones dispuestos para acogerte en sus brazos mientras lees…

—Esta biblioteca la organizó, libro a libro, mi difunta esposa… Era su espacio favorito del palacio.

—Es un hermoso lugar, señor —dijo Amelia—. Aquí tuvo que ser muy dichosa.

—Lo fue… —afirmó Don Jacinto—. Siempre que quiera puede venir y tomar prestado un libro. Seguro que a ella le hubiera encantado.

—Es usted muy amable por el ofrecimiento.

—Los mejores están en los estantes de arriba del todo —Don Jacinto indicó con su dedo los libros de los que hablaba—. Con la ayuda de la escalera llegará a ellos sin problema.

Amelia, por fin, entendía la extraña promesa que se había visto obligada a hacer. Rosario no quería que nadie entrara en el refugio de su señora. Pero ahora era su marido quien le permitía a ella que fuera a la biblioteca. Así y todo, como no quería disgustar a Rosario, Amelia solía ir de noche, cuando todo el mundo dormía, a buscar a la luz de una linterna algún libro nuevo para leer. En ocasiones, se quedaba un rato leyendo en uno de aquellos confortables sillones.

Hasta que una noche, sin darse cuenta, Amelia se quedó allí dormida. Siguiendo las indicaciones de Don Jacinto había ido en busca de una de las novelas que él le recomendara. Comenzó a leerla y ya no pudo dejarla. La mala postura en la que había estado fue quien la despertó al sentir una punzada de dolor en la espalda. Las mullidas zapatillas no habían impedido que los pies se le quedaran helados.

La estancia todavía estaba en penumbra. Debía irse antes de que amaneciera. Así que lo mejor sería devolver el libro a su lugar. Amelia se subió a la escalera que le permitía acceder a los estantes superiores para dejarlo. Entonces un rayo de sol entró por uno de ventanales atravesando el globo terráqueo de cristal que había en mitad de la sala. El resplandor deslumbró a Amelia, quien perdió pie cayendo de lo alto de las escaleras al suelo.

No fue hasta las diez de la mañana cuando se dieron cuenta de que Amelia faltaba. Nunca había sido impuntual a las clases con los niños. De modo que todo el mundo se puso a buscarla. Rosario fue la que se ocupó de ir hasta la biblioteca a ver si estaba por allí. Al llegar vio que no había nadie. Tan solo se encontró un libro tirado en el suelo. Lo recogió temiendo que su difunta señora lo hubiera conseguido una vez más. Al leer el título que ponía en el lomo del mismo vio que así había sido: “Historia de la vida de Amelia Lara Vieira”.

Aquella misma noche Don Jacinto entró sigiloso en la biblioteca. Se subió a la escalera y buscó la nueva novela que tenía para leer.

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Relato publicado en la Mentoría de Escritores de Daniel Hareg