¡Al ladrón…!

La primera frase que me dijiste el día que nos conocimos fue lo que me enamoró de ti. Me estrechaste la mano con suavidad mirándome a los ojos. Maite acababa de presentarnos:

“Un beso legal nunca vale tanto como un beso robado”.

Después ya me explicaste que la frase no era tuya. Se la habías tomada prestada a un escritor francés del XIX (*). Lo que no me explicaste es por qué fueron esas las primeras palabras que me dedicaste.

Cierto que si hubieras comenzado con el clásico “Hola, ¿cómo estás?” de cualquier educada presentación al uso, yo te habría contestado de igual manera y probablemente ahí hubiera quedado todo.

Pero me envolviste en una nube de la que no supe y no quise bajarme. Los besos que me robaste a partir de nuestra primera noche juntos nunca me habían sabido tan dulces. Jamás una boca me ha dado tanto placer con sólo apoyar sus labios en los míos.

Lástima que después siempre vuelves al lado de tu esposa. Yo sé que los besos que a ella le das son distintos de los que me das a mí. Y prefiero quedarme con la ilusión de que los besos que me robas a mí tienen más valor que los besos legales que le das a ella.

(*)(Guy de Maupassant: Escritor francés del siglo XIX que escribió cientos de cuentos y alguna que otra novela y libros de viajes. Wikipedia)

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