Nube de fuego

Cupido no tuvo la culpa. Prefiero echársela al destino o a la diosa Fortuna. Coincidió que era el día de los enamorados… pues era… pero ya se estaba acabando. Fue al atardecer del día. Los dos nos paramos a un tiempo, en plena calle.

Miramos a la misma nube. Yo hice una foto; tú sólo la observabas. Esa coincidencia nos hizo mirarnos y sonreírnos. Tuviste el valor de hablarme. Yo no lo hubiera tenido:

– “Hermosa nube. Parece que está ardiendo”.

– “Lástima que pronto desaparecerá” – te dije.

– “Ya no, mientras tu foto exista. No la destruyas nunca. Será un momento único en tu vida”.

Entonces saqué valor no sé de dónde. Lo normal es que mi timidez me impida hablar a las mujeres:

–      “Si quieres te la mando por correo. ¿Cuál es tu e-mail?”.

No me lo podía creer. Le estaba pidiendo su correo electrónico a una mujer. Y ella lo estaba escribiendo en un papel.

Después de eso vino nuestra correspondencia casi diaria durante meses. Nos fuimos conociendo poco a poco. Con miedo por mi parte, con precaución por la tuya. Hasta que llegó nuestra primera cena. Y ahí sí que terminó por surgir algo entre nosotros.

Tú dices que fue trabajo de Cupido, que fueron las flechas del amor que atinaron en nuestros corazones. Yo soy un poco más prosaico, menos poético y prefiero pensar que nuestro destino estaba marcado para que acabáramos juntos.

 

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