Carta a mis seres queridos

Estoy necesitada de abrazos, de besos… Quiero oír vuestras risas en directo no a través de una conexión de Internet, poder miraros a los ojos cuando me habláis sin una pantalla por el medio. Todavía nos quedan muchos días por delante para poder estar juntos otra vez.

Tanta vida irreal a través de las redes sociales, tanto ocupar todos los minutos del día con cosas innecesarias sin las que, hasta ahora, hemos podido vivir a la perfección no me hacen sentir mejor. Todo lo contrario. Me agobian y generan ansiedad.

Mi rutina diaria no ha variado mucho en estos días de encierro obligatorio. Será que ya tenía una vida creativa que me llenaba por completo; será que me niego a seguir las modas. Ya sé que soy un bicho raro, pero los que me conocen bien siempre supieron que lo era y, a pesar de ello, me quieren.

Solo echo de menos a mi gente querida, a mi familia, a mis pocos amigos… Me faltan las reuniones con ellos, las comidas juntos, las alegrías y tristezas compartidas. Yo necesito abrazar a quien aprecio; me urge que me abracen y me besen a mí también.

Este tiempo parado entre las cuatro paredes de nuestras casas pasará. No quiero oír después ninguna excusa, ningún problema… Anhelo, con toda mi alma, volver a estar con todos vosotros, mis seres queridos.

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Días de ocio

Una de las mejores cosas que tienen los días de ocio y asueto es que puedo comenzar la mañana sin prisas, leyendo una buena novela mientras me tomo el primer café de la jornada.

La ausencia de horarios y de tareas obligatorias me permite disfrutar de la vida de manera sencilla (que es como más me gusta hacerlo, por cierto), gozar de otro verano más…

Me asomo a la ventana, oigo a las gaviotas cantar con su característico sonido y la memoria me trae al presente la famosa canción de Violeta Parra “Gracias a la vida que me ha dado tanto”.

 

Te pido disculpas…

…por haber estado ausente, por no dar señales de vida. Pero, en ocasiones, una necesita alejarse de todo y de todos. Tomar consciencia del lugar que ocupa y darse cuenta de si ese espacio la hace a una feliz.

tecladoTres meses y medio después de mi última entrada en este blog, habiendo reordenado cosas que estaban fuera de lugar, habiendo expulsado de mi vida lo que molestaba, me siento capaz de continuar con mi aventura, con fuerzas y ganas renovadas.

A veces es bueno parar, observar hacia dónde se va y tomar impulso para continuar la carrera hacia la siguiente meta: el siguiente relato, la primera novela…

He estado a punto de tirar la toalla. Sin embargo, la felicidad y tranquilidad que me cautivan cuando escribo han sido más fuertes que yo. Así que por qué dejarlo si escribir me hace tanto bien. Hay miles, millones de escritores por todo el mundo y muchos de ellos, (por no decir todos) probablemente, mejores que yo, pero mi felicidad es solo mía y no voy a renunciar a ella así como así.

He vuelto para quedarme, para contar historias que espero también te regalen momentos de felicidad o que, por lo menos, te hagan pensar y luchar por un mundo mejor. Puede que nadie me lea, o puede que sí… ojalá sí… aunque eso no me impedirá seguir alzando mi voz para decir bien alto lo que pienso y siento.

Mil gracias por tu compañía.

 

 

A la antigua usanza

Cada día leo las noticias en el periódico. Sí, todavía quedamos locos como yo que leemos los periódicos en papel, manchándonos las manos con la tinta con que los imprimen, subrayando cosas y releyendo aquello que consideramos más interesante.

Reivindico mi derecho a poder seguir haciéndolo. Disfruto de ese rato como uno de los mejores que el día me reserva. Debo ser una persona a la antigua usanza que en ciertas cosas se ha quedado anclada en el pasado, pero me encanta serlo.

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¿Será éste el año?

La primera semana del año en realidad no existe. Me cuesta arrancar. Es una semana de desintoxicación y de reflexiones. Por eso me hace gracia la gente que enseguida pone en funcionamiento sus nuevos propósitos. Comienzan el año como si no hubiera un mañana. Ese empuje y arrojo les dura como mucho un par de meses. En el mejor de los casos llegarán a finales de febrero. Para entonces los propósitos del nuevo año irán a parar al mismo sitio que los propósitos del año anterior: al cubo de la basura.

Poco a poco la frustración se irá haciendo fuerte en su mente. Llegarán al verano pensando que una vez más están en el mismo sitio sin haber avanzado ni un poquito hacia esa vida que tanto ansían. Pasa el verano, disfrutan de él. No es momento para preocupaciones. Eso ya vendrá en septiembre.

Y llega septiembre, comienzan a pensar en todas las cosas que van a hacer a partir de enero del siguiente año. Se van autoconvenciendo que esta vez sí, que la fuerte autoestima con la que han finalizado el verano y su renovada fuerza de voluntad no van a poder con su pereza. Llega la navidad con sus luces y sus turrones. Continúan con ganas de agarrar su vida por los cuernos y hacer lo que siempre han deseado hacer.

Se acaba el año. Vienen la euforia, las uvas y la sidra. Se autoprometen sus nuevos propósito para el año siguiente y se preguntan una vez más: «¿Será que este año sí que cumpliré con mis propósitos de año nuevo?»

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Mis queridos maestros

Gracias a ellos estoy donde ahora me hallo. Gracias a sus enseñanzas, a su entusiasmo al mostrarme lo que ellos sabían, dirigí mi camino hacia un lado y no otro. Ellos me enseñaron mis primeras letras, mis primeros números; me inculcaron el respeto al prójimo; me prepararon para pensar por mí misma, en libertad. Mis maestros, mis mayores, mis padres y abuelos… a todos ellos dedico este pequeño homenaje este 27 de noviembre, día del maestro aquí en España.

 

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Aquellos viejos pupitres… (Foto: Alma Rural)