El anticipo

Sacó su caja de cerillas del bolsillo y encendió uno de los fósforos. La llama le permitió ver lo que tenía más cerca. El reflejo de la luz en el filo del cuchillo le concedió unos segundos para comprender qué era el dolor agudo que sentía ahora en su estómago.

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(Publicado en 50 palabras)

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Paralelismos

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Imagen de Elmar Geißler publicada en Escribe fino

En el centro de la esfera del reloj podía leerse la leyenda que le recordaba el lugar donde lo había comprado: Grand Central Terminal – New York. La última vez que había visitado la ciudad lo había hecho con Lucía. Ahora ya no estaba a su lado. Su relación había comenzado ha resquebrajarse al mismo tiempo que el reloj había dejado de funcionar.

Al principio no se dio cuenta del paralelismo que existía entre su relación con Lucía y el funcionamiento del reloj. Primero dejó de marcar las horas con puntualidad: o bien se adelantaba o bien se atrasaba, pero rara vez marcaba la hora que debía. Más tarde terminó por dejar de funcionar por completo. Ahí es cuando las discusiones con Lucía fueron cada vez más frecuentes y con mayor intensidad.

Una mañana al despertarse se dio cuenta de que al reloj le faltaban las manecillas. Tanto la aguja de las horas como el minutero o el segundero habían desaparecido. La esfera blanca resplandecía con sus doce números perfectamente ordenados sin que nada impidiera su visión. La noche anterior Lucía había decidido abandonar el piso que compartían.

Decidió, entonces, desmontar por completo el reloj. No podía dejarlo peor de lo que estaba así que por qué no intentar arreglarlo. Lo primero que haría sería buscar dónde podía comprar otras manecillas. Una vez que las tuviera, las instalaría de nuevo sobre la esfera numérica. Puede que, a lo mejor, cuando consiguiera que el reloj volviera a funcionar marcando el tiempo que pasa consiguiera también que Lucía le diera otra oportunidad volviendo a casa.

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(Para El Bic Naranja – Viernes Creativo)

 

Tal vez…

El mejor regalo que Rosario jamás había recibido en su vida era aquella hamaca que había colgado en el jardín. Un extremo lo sujetó a una higuera que había plantado allí su abuelo cuando ella nació. El otro extremo lo amarró a un frondoso peral. Los frutos que daba aquel árbol le sabían como el más rico de los néctares.

Cuando hacía buen tiempo Rosario salía al jardín con un libro bajo el brazo dispuesta a pasar un rato leyendo tumbada en la hamaca, a la sombra de los árboles. Unos días lo hacía después de comer, cuando los demás dormían la siesta; otros a media tarde, cerca de la puesta de sol. Lo único que la podía obligar a romper su ritual era la lluvia o el frío excesivo. Aquel era su reducto de felicidad y no estaba dispuesta a renunciar a él así como así.

Al igual que Rosario, el resto de habitantes de la casa había buscado su propio espacio para los momentos de felicidad que podían arañarle al tiempo. Habían logrado un cierto equilibrio en sus vidas. De hecho todo el mundo era feliz hasta que él regresaba a la casa. Ese era el punto de inflexión del día a día. La felicidad y la calma, de repente, se tornaban en silencio, prudencia y miedo.

Rosario miraba desde la ventana de su cuarto a la hamaca moverse con el viento, esperándola paciente hasta que al día siguiente volvieran a reencontrarse en el jardín. Con su ayuda y la de los libros conseguía alejarse de aquella vida que detestaba, viajar a otros mundos, convertirse en la hija perfecta que jamás lograba ser. «Algún día te transformarás en alguien muy sabio e importante», le decía su madre. «Lees tantos libros que ya verás como alcanzarás cualquier meta que te propongas».

«Quién sabe, en un futuro, puede que…», pensaba Rosario observando la noche desde su ventana. «Quizás puede que así logre que padre deja de pegarnos a mamá y a mí; puede que, tal vez, me dé cientos de besos, incluso puede que me sorprenda con algunos abrazos, unas palabras amables o unos aplausos».

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(Taller de escritura nº 55 de Literautas – Móntame una escena: Todo el mundo era feliz hasta que…)

La primera vez

Pasaba las páginas del periódico sin prestar atención a ninguna noticia. Antes había intentado tranquilizarse, sin éxito, leyendo un libro. De repente nació en él la inquietud de que ella no viniera aquella mañana al café. Necesitaba disculparse. La mujer que amaba se le había acercado el día anterior, después de varias miradas y sonrisas furtivas, y él se había quedado mirándola paralizado, mudo. Sólo cuando la vio marcharse enfadada se percató de su falta de tacto. No podía escudarse más en su timidez enfermiza. Aquel día tenía, sin falta, que reparar el daño hecho y hablar, por primera vez, con una mujer distinta a su madre.

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Microrrelato que participa en el Reto 5 Líneas del mes de agosto del blog de Adella Brac.

 

La batalla final

 

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Su verborrea y sus sonrisas resultaban irresistibles. Con ellas consiguió que el guardián del puente colgante le franqueara el paso lo que le permitió llegar hasta el Valle de las Lágrimas. Sabía que recolectar y beber una de aquellas gotas transparentes que crecían en los árboles del bosque le daría la sabiduría necesaria para enfrentarse al brujo que oprimía a su pueblo. Hasta ahora su magia blanca no había podido con él, pero con esta ayuda del Bosque Madre sin duda lograría que la balanza se inclinara a su favor durante la próxima batalla de conjuros.

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Microrrelato para el reto de agosto de 2018  de Escribir jugando de Lídia Castro Navàs

Como un guante

La dirección que le habían dado no podía ser correcta. Elisa miraba estupefacta desde la mitad de la calle la fachada de la tienda de sombreros ante la que se encontraba. En una de sus manos sujetaba una maleta con las cosas que ella consideraba le eran indispensables para comenzar una nueva vida. En la otra agarraba con fuerza su pasaporte.

Durante unos minutos se quedó parada ante la puerta de la tienda sin saber muy bien qué hacer hasta que el trasiego de mujeres que entraban y salían de allí, la mayoría con maletas al igual que ella, le hizo decidirse a entrar. Su horizonte cotidiano no podía empeorar mucho más de como ya estaba; así que, por qué no intentarlo.

Al entrar en la tienda vio que era mucho más grande de lo que parecía desde fuera. Sombreros de todos los tipos, tamaños y colores estaban expuestos en diversas baldas de madera en hileras que ocupaban las paredes del local de arriba a abajo. El espectáculo era apabullante para los sentidos: la vista disfrutaba de los colores; el olfato de los aromas que volaban por la tienda; el tacto palpaba distintos fieltros, sedas…

En estas ensoñaciones estaba Elisa cuando se le acercó una de las dependientas de la tienda para preguntarle qué tipo de sombrero deseaba comprar. Entonces miró hacia el laberinto de pasillos y gorros que tenía ante ella y sintió miedo.

—Pues la verdad es que no tengo ni idea —respondió Elisa.
—¿Pero usted ha venido aquí para comprar un sombrero, no es así? —volvió a preguntar la dependienta.
—Lo cierto es que yo había venido para escapar de mi vida. Me habían dicho que aquí me ayudarían a comenzar de nuevo.
—No se preocupe —dijo la dependienta—; ha venido al lugar adecuado. De una vuelta por la tienda, elija el sombrero que más le guste y después le cuento qué es lo que tiene que hacer a continuación.

La dependienta dejó de nuevo sola a Elisa. La perspectiva de tener que escoger un sombrero entre los cientos que había en aquella tienda le resultaba por completo abrumadora. Cerró los ojos como buscando una respuesta en su interior sobre qué hacer. Dio tres vueltas sobre sí misma con los ojos todavía cerrados, sujetando con fuerza su maleta en una mano y su pasaporte en la otra. Cuando volvió a abrir los ojos tenía ante ella una boina negra muy similar a la que llevó su abuelo toda la vida. Aquello la inundó de una paz que hacía tiempo que no sentía. Sin duda, aquella boina era el sombrero elegido. Sin pensárselo dos veces se la puso sobre su cabeza. Hermosos y felices recuerdos de su infancia regresaron a su mente al instante; imágenes de su pueblo llegaron a ella haciéndola sonreír.

—Veo que ya ha elegido su sombrero —dijo la dependienta al verla tan feliz con la boina sobre la cabeza.
—Sí, creo que sí —dijo Elisa
—Le queda como un guante. Se la ve muy bien con él puesto.
—Gracias —respondió Elisa.
—Espero que le haya sido de ayuda para saber qué es lo que quiere hacer ahora con su vida —añadió la dependienta.
—Sí, ya tengo claro que voy a hacer.

Elisa abonó a la dependienta el precio de la boina y salió de la tienda con ella puesta sobre la cabeza. Se sentía protegida, con fuerzas para empezar a tomar sus propias decisiones. Se paró en medio de la acera. Miró a su derecha e izquierda. A poca distancia de allí estaba la estación de ferrocarril de la que salían todos los trenes que iban hacia su pueblo. Sería un paseo agradable antes de abandonar a su marido y su desgraciada vida en la gran ciudad.

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(Taller de escritura nº 53 de Literautas – Móntame una escena: pasaporte, horizonte y laberinto)