El arte de escribir

Doña Rosita, nuestra profe de lengua, nos pidió un trabajo sobre cinco soportes de la escritura a lo largo de la historia. En el mío hablé sobre las tablas de cera, los rollos de papiro, las tablillas de bambú y los códices. También le conté lo que es una tableta electrónica, pero se negó a aceptar que este fuera un soporte de escritura histórico. Eso es porque no ha visto a mi hermano mayor cada vez que le escribe a su novia una de sus mentiras. ¡Vaya que si son históricas!

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Microrrelato que participa en el Reto 5 líneas del mes de mayo 2020 del blog de Adella Brac.

Cumplir años

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Lo mejor de cumplir años es la libertad con la que actúas sin importarte el que dirán. Hoy, por ejemplo, voy a dormir en un tipi cedido por un indio cheroqui en un bosque perdido de Carolina del Norte bajo la protección del tótem de la tribu. Quien me iba a decir a mí que a mis noventa años podría cumplir por fin uno de los sueños de mi infancia. Ahora sólo me falta encontrar un tesoro en una isla perdida y a mi príncipe azul en un baile de disfraces.

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Microrrelato para el reto de mayo de 2020  de Escribir jugando de Lídia Castro Navàs

 

La institutriz

El coche que la había recogido en la estación del tren comenzó a enfilar un camino de tierra delimitado por dos filas de exuberantes palmeras. Al fondo, se distinguía un enorme y elegante palacio con un cuidado jardín a sus pies. Amelia aún no podía creer que hubiera conseguido el trabajo. Vivir en un casoplón como aquel había sido siempre su sueño. Estaba convencida de que la vida era como una de esas películas de Hollywood con final feliz. La parte jodida ya la había pasado con creces. Ahora le tocaba la parte buena.

—¿Viene para el puesto de institutriz? —preguntó el chófer.

Amelia vio como el hombre la observaba desde el espejo retrovisor esperando una respuesta a su pregunta. Agitó la cabeza afirmando y volvió a mirar por la ventanilla del vehículo.

—Vaya, espero que tenga más suerte que las otras…

—¿Otras? ¿Qué otras? —Amelia giró la cabeza buscando otra vez los ojos del hombre en el espejo.

—Yo solo llevo dos años trabajando aquí, pero ya es usted la cuarta profesora que traigo a la casa —explicó el chófer—. Todas acaban dimitiendo de un día para otro sin despedirse de nadie.

Al entrar en el palacio una criada, uniformada con cofia y delantal blancos, la acompañó hasta una pequeña sala con chimenea. Allí la esperaba Rosario, la ama de llaves, que era quien se ocupaba de todo lo relativo a la casa, incluso de la contratación del nuevo personal, desde que la señora había fallecido.

—Nos alegra mucho que se haya decidido a formar parte de nuestra pequeña familia —dijo Rosario—. Ya verá, estará encantada. Los niños son un cielo. No le van a dar ningún problema. Usted solo tiene que ocuparse de su educación en los horarios que se fijen. No tiene que hacer nada más.

Aquellas palabras le sonaron a Amelia como música celestial: buen sueldo, poco trabajo, un lugar estupendo para vivir… Su contrato lo ponía todo bien claro. Ella, Amelia Lara Vieira, sería la nueva institutriz de la casa.

—Podrá pasear por donde le plazca del palacio y de los jardines cuando no esté trabajando. Tan solo existe una restricción —advirtió la ama de llaves—. Intente no ir sola a la biblioteca y, si lo hace, que no sea nunca al amanecer.

Amelia observó como, de repente, la amigable sonrisa y los chispeantes ojos de Rosario se transformaron en una mirada dura, en una mueca adusta.

—¡Prométamelo! —rogó la mujer.

—Se lo prometo —dijo Amelia intentando contentarla.

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Imagen de Manolo Franco en Pixabay 

Poco a poco los meses fueron pasando. Amelia ya se había acomodado a su nueva vida. No le fue difícil ganarse el cariño de los niños. Eran buena gente tal y como Rosario le dijo cuando llegó. También había descubierto todos los rincones que tenían el enorme edificio y el bello jardín.

Una tarde Don Jacinto, el señor de la casa, le pidió que fuera a la biblioteca para conocerla. Al entrar allí Amelia recordó la promesa hecha el primer día y no logró entender los recelos de Rosario a que fuera a aquella maravilla de estancia. Todos aquellos anaqueles repletos de cientos de libros, la altura de la sala, los grandes ventanales, los cómodos sillones dispuestos para acogerte en sus brazos mientras lees…

—Esta biblioteca la organizó, libro a libro, mi difunta esposa… Era su espacio favorito del palacio.

—Es un hermoso lugar, señor —dijo Amelia—. Aquí tuvo que ser muy dichosa.

—Lo fue… —afirmó Don Jacinto—. Siempre que quiera puede venir y tomar prestado un libro. Seguro que a ella le hubiera encantado.

—Es usted muy amable por el ofrecimiento.

—Los mejores están en los estantes de arriba del todo —Don Jacinto indicó con su dedo los libros de los que hablaba—. Con la ayuda de la escalera llegará a ellos sin problema.

Amelia, por fin, entendía la extraña promesa que se había visto obligada a hacer. Rosario no quería que nadie entrara en el refugio de su señora. Pero ahora era su marido quien le permitía a ella que fuera a la biblioteca. Así y todo, como no quería disgustar a Rosario, Amelia solía ir de noche, cuando todo el mundo dormía, a buscar a la luz de una linterna algún libro nuevo para leer. En ocasiones, se quedaba un rato leyendo en uno de aquellos confortables sillones.

Hasta que una noche, sin darse cuenta, Amelia se quedó allí dormida. Siguiendo las indicaciones de Don Jacinto había ido en busca de una de las novelas que él le recomendara. Comenzó a leerla y ya no pudo dejarla. La mala postura en la que había estado fue quien la despertó al sentir una punzada de dolor en la espalda. Las mullidas zapatillas no habían impedido que los pies se le quedaran helados.

La estancia todavía estaba en penumbra. Debía irse antes de que amaneciera. Así que lo mejor sería devolver el libro a su lugar. Amelia se subió a la escalera que le permitía acceder a los estantes superiores para dejarlo. Entonces un rayo de sol entró por uno de ventanales atravesando el globo terráqueo de cristal que había en mitad de la sala. El resplandor deslumbró a Amelia, quien perdió pie cayendo de lo alto de las escaleras al suelo.

No fue hasta las diez de la mañana cuando se dieron cuenta de que Amelia faltaba. Nunca había sido impuntual a las clases con los niños. De modo que todo el mundo se puso a buscarla. Rosario fue la que se ocupó de ir hasta la biblioteca a ver si estaba por allí. Al llegar vio que no había nadie. Tan solo se encontró un libro tirado en el suelo. Lo recogió temiendo que su difunta señora lo hubiera conseguido una vez más. Al leer el título que ponía en el lomo del mismo vio que así había sido: “Historia de la vida de Amelia Lara Vieira”.

Aquella misma noche Don Jacinto entró sigiloso en la biblioteca. Se subió a la escalera y buscó la nueva novela que tenía para leer.

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Relato publicado en la Mentoría de Escritores de Daniel Hareg

Nada es lo que parece

Las campanas de la iglesia han dado las seis de la tarde. La soledad de la habitación me lleva a pensar en ti. El sol que entra por la ventana me quema la piel del brazo derecho, y así y todo no lo quito del sol. Desde aquí puedo ver el ambiente que hay en la plazuela. Los niños corretean entre los árboles. Las madres charlan y esperan en los bancos que hay debajo de los mismos. La fuente del centro de la plaza da algo de frescor al conjunto empedrado de edificios y suelos. Y yo sigo pensando en ti.

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Con mi mano izquierda sostengo el vaso de ginebra que me estoy bebiendo. Le he puesto mucho hielo, sino no soy capaz de bebérmelo. El alcohol me quema en la garganta. Sólo así, rebajado con agua, soy capaz de tomármelo. Llaman a la puerta y pienso en ti.

Pero no puedes ser tú; no voy a abrir. Si fueras tú ya habrías abierto con tu llave y habrías entrado en casa. Insisten llamando a la puerta. No se darán cuenta de que no hay nadie. Yo sin ti, en esta casa, no soy nadie. Dejo el vaso sucio en el suelo. Ya lo recogeré después.

Ahora suena el teléfono; que dejen el recado en el contestador. Luego lo oiré. Estoy intentando dejar la mente en blanco para sólo pensar en ti, pero está visto que no me dejan. Ni que les molestase a los demás que tú y yo nos quisiéramos.

Dirijo mi mirada a la plazuela. Poso mis ojos sobre la gente que hay en ella. Prácticamente la misma que hace un rato. Sólo dos o tres personas se fueron; una o dos llegaron. Ahora veo que estás sentada en uno de los bancos; el que da casi enfrente al portal de nuestra casa.

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—¡Laura! ¡Laura! —te grito.

Miras hacia un lado y hacia otro, buscando la voz que te llama, pero no se te ocurre mirar a nuestra ventana.

—¡Laura, sube! —te vuelvo a gritar.

Ahora sí me has visto. Te levantas del banco. Coges las bolsas con la compra que tenías en el suelo y diriges tus pasos hacia el portal. Llamas al timbre y voy a abrirte la puerta.

—¿Se puede saber que hacías sentada en ese banco, sola? —te pregunto.

—Estaba esperando a que llegaras para que me abrieras la puerta. Cuando salí a hacer la compra se me olvidaron las llaves. Llamé a la puerta antes; supongo que no habías llegado todavía del trabajo. Incluso te llamé por teléfono, pero no debías de estar porque no me contestaste —se justifica Laura.

—Tú siempre tan inútil. Es que no voy hacer nunca carrera de ti. Anda, pasa para la cocina a prepararme la cena que tengo hambre.

Al ver que no te mueves de enfrente de mí, tengo que pegarte el primer bofetón de la tarde. Tú no dices nada; tampoco sueltas la más mínima lágrima. Bajas la cabeza y  te encaminas hacia la cocina.

—Toda la tarde pensando en ti, y ahora te haces la remolona para prepararme la cena. Sólo sabes andar a base de golpes… ¡Con lo que nos queremos…! —te digo mientras te sigo de cerca por el pasillo de nuestra casa.

Agotado

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Entré en la última librería que me quedaba por visitar. Había recorrido toda la ciudad en mi búsqueda desesperada. Entre tus manos tenías el libro que llevaba tanto tiempo rastreando. Allí donde fuera siempre obtenía la misma respuesta a mis preguntas sobre él: «Está agotado». Ahora que por fin había dado con el libro resulta que iba a perderlo otra vez. No me quedó más remedio que tropezar contigo y conseguir que aceptaras, a modo de disculpa, una invitación a café. Con un poco de suerte lograría que te enamorases de mí. Así tu nuevo libro terminaría siendo mío también.

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(Publicado en Taller de escritura nº 62 de Literautas – Móntame una escena: junio, 2019…)

Nube de fuego

Cupido no tuvo la culpa. Prefiero echársela al destino o a la diosa Fortuna. Coincidió que era el día de los enamorados… pues era… pero ya se estaba acabando. Fue al atardecer del día. Los dos nos paramos a un tiempo, en plena calle.

Miramos a la misma nube. Yo hice una foto; tú sólo la observabas. Esa coincidencia nos hizo mirarnos y sonreírnos. Tuviste el valor de hablarme. Yo no lo hubiera tenido:

– “Hermosa nube. Parece que está ardiendo”.

– “Lástima que pronto desaparecerá” – te dije.

– “Ya no, mientras tu foto exista. No la destruyas nunca. Será un momento único en tu vida”.

Entonces saqué valor no sé de dónde. Lo normal es que mi timidez me impida hablar a las mujeres:

–      “Si quieres te la mando por correo. ¿Cuál es tu e-mail?”.

No me lo podía creer. Le estaba pidiendo su correo electrónico a una mujer. Y ella lo estaba escribiendo en un papel.

Después de eso vino nuestra correspondencia casi diaria durante meses. Nos fuimos conociendo poco a poco. Con miedo por mi parte, con precaución por la tuya. Hasta que llegó nuestra primera cena. Y ahí sí que terminó por surgir algo entre nosotros.

Tú dices que fue trabajo de Cupido, que fueron las flechas del amor que atinaron en nuestros corazones. Yo soy un poco más prosaico, menos poético y prefiero pensar que nuestro destino estaba marcado para que acabáramos juntos.

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(Publicado también en Masticadores de Letras – USA: https://masticadoresamerica.wordpress.com/2020/03/10/nube-de-fuego-by-mi-alma-rural/)

 

8 de enero

Repitió la carta punto por punto. Tan sólo cambió el encabezamiento, algunos tiempos verbales y pronombres pero el contenido de la misiva era el mismo. Papá Noel le había fallado. Ahora no le quedaba más remedio que confiar en los Reyes Magos. Estaba seguro que ellos, al ser tres, podrían infundirle el valor que necesitaba para enfrentarse a Nacho al volver al colegio el 8 de enero.

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(Mi contribución al Concurso #cuentosdeNavidad de Zenda)

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Paralelismos

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Imagen de Elmar Geißler publicada en Escribe fino

En el centro de la esfera del reloj podía leerse la leyenda que le recordaba el lugar donde lo había comprado: Grand Central Terminal – New York. La última vez que había visitado la ciudad lo había hecho con Lucía. Ahora ya no estaba a su lado. Su relación había comenzado ha resquebrajarse al mismo tiempo que el reloj había dejado de funcionar.

Al principio no se dio cuenta del paralelismo que existía entre su relación con Lucía y el funcionamiento del reloj. Primero dejó de marcar las horas con puntualidad: o bien se adelantaba o bien se atrasaba, pero rara vez marcaba la hora que debía. Más tarde terminó por dejar de funcionar por completo. Ahí es cuando las discusiones con Lucía fueron cada vez más frecuentes y con mayor intensidad.

Una mañana al despertarse se dio cuenta de que al reloj le faltaban las manecillas. Tanto la aguja de las horas como el minutero o el segundero habían desaparecido. La esfera blanca resplandecía con sus doce números perfectamente ordenados sin que nada impidiera su visión. La noche anterior Lucía había decidido abandonar el piso que compartían.

Decidió, entonces, desmontar por completo el reloj. No podía dejarlo peor de lo que estaba así que por qué no intentar arreglarlo. Lo primero que haría sería buscar dónde podía comprar otras manecillas. Una vez que las tuviera, las instalaría de nuevo sobre la esfera numérica. Puede que, a lo mejor, cuando consiguiera que el reloj volviera a funcionar marcando el tiempo que pasa consiguiera también que Lucía le diera otra oportunidad volviendo a casa.

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(Para El Bic Naranja – Viernes Creativo)