Navidad en línea

Eran las doce en punto de la mañana cuando sonó el telefonillo. Micifú saltó de encima de la mesa. Le gustaba ponerse allí, cerca del calorcito que soltaba el ordenador, mientras que Margot trabajaba. Un par de días antes su jefe les comentó, en la última reunión on-line del equipo, que ante la imposibilidad de hacer la comida anual todos juntos, ese año iban a recibir en sus casas una cesta de navidad con la que celebrar las fiestas con sus seres queridos.

La última vez que vio en persona a todos sus compañeros, incluido Héctor, fue en el mes de marzo cuando los mandaron a casa para trabajar desde allí. En la mente de Margot estuvo el temor de perder su puesto de trabajo, pero ahora que estaba a punto de acabar el año daba gracias porque al final todo siguiera casi igual que siempre. Solo le pesaba la soledad que se había instalado en su vida.

Al abrir el paquete que le había dejado el mensajero en la puerta de su piso vio que el contenido del mismo no era lo que ella esperaba. No había turrones, mazapanes, ni latas de fuagrás de pato; ni rastro de las uvas pasas o de las botellas de sidra. En su lugar había varios envases de papel de aluminio cerrados a la perfección. Algunos estaban fríos; otros, en cambio, podían llegar a quemarte la mano si los sujetabas mucho rato. Junto a ellos venía un folio escrito a máquina, con unas flores decorando los bordes del papel. Eran unas instrucciones para saber qué hacer con toda aquella comida a medio preparar que acababa de recibir. Micifú acercaba, curioso, su nariz a los paquetes intentando olisquear lo que Margot había dispuesto sobre la mesa de la cocina a la espera de decidir qué iba a hacer con todo aquello.

Foto por Alma Rural

El sonido del móvil alertándola de la entrada de un mensaje hizo que desviara su atención de la comida. “Comunicado urgente” rezaba en el asunto del correo que acababa de entrar en su buzón de la empresa. «¿Qué puede ser? ¿No irán a despedirme precisamente ahora a las puertas de la Navidad? ¿No serán capaces?», pensó Margot.

Corriendo salió de la cocina para dirigirse al rincón del salón donde había montado su pequeña oficina temporal. Allí estaba el comunicado urgente, en la pantalla del ordenador, con sus letras en negrita, como correo pendiente de leer. Margot se sentó en la silla, movió el ratón hasta dejar el cursor justo encima de él y cerró los ojos al tiempo que pulsaba sobre el correo. Poco a poco fue abriéndolos de nuevo, hasta que pudo fijar de nuevo la vista en el texto.

«Estimados empleados:

Esta mañana han recibido todos ustedes la visita de un repartidor que les ha dejado un paquete en sus casas. Sabemos que lo que estaban esperando recibir era una cesta con productos típicos de la Navidad. Sin embargo, nos ha parecido más conveniente poder reunirnos todos una vez más en nuestra comida anual de empresa y les hemos enviado su almuerzo con nuestro nuevo servicio de catering. Deseando que haya sido de su agrado esta sorpresa les esperamos, a las dos de la tarde, en el espacio habitual que usamos para las reuniones on-line para comer todos juntos un año más y cerrar este 2020 tan especial. Se ruega puntualidad. Pónganse sus mejores galas para este almuerzo con los compañeros.

Sin otro particular.

Firmado: La Dirección»

Margot miró su reloj de pulsera para ver la hora que era. Tenía menos de dos horas para arreglarse. «Sus mejores galas… », pensó Margot, «…y lo dicen así, sin avisar con tiempo suficiente. Confío en que Héctor también pueda conectarse». Micifú observaba a su dueña, desde su puesto de vigía en lo alto del armario, saliendo y entrando a toda prisa del dormitorio hacia el baño, abriendo y cerrando cajones, descolgando ropa que se ponía ante ella mirándose en el espejo para después dejarla caer encima de la cama.

Faltaba menos de media hora para la conexión con todos sus compañeros y aún tenía que terminar de preparar la comida. «Con lo patosa que soy, seguro que me mancho», le dijo Margot a Micifú, quien iba siguiéndola por toda la casa. Con sumo cuidado, Margot fue sacando los contenidos de los tres envases más grandes y los fue colocando en otros tantos platos. Lo demás eran salsas, dulces navideños, pan y una botella de vino de rioja.

Cinco minutos antes de la conexión ya tenía la comida en la mesa frente al ordenador. Se miró de nuevo en el espejo. Un último visto bueno y listo. «Vale, no tienes duda», se dijo Margot a sí misma dándose ánimos. «Ahora a poner la mejor de tus sonrisas».

A las dos en punto, uno a uno se fueron conectando todos los compañeros. La pantalla se fue llenando de rostros conocidos. Héctor había sido uno de los últimos en conectarse. Los saludos se entremezclaban los unos con los otros. Las bromas habituales consiguieron relajar el extraño ambiente de aquella insólita comida. El jefe del equipo ejercía de maestro de ceremonias llevando el ritmo del grupo. Margot pinchó sobre la imagen de Héctor. Múltiples charlas salían del ordenador, pero solo estaba la imagen de él en la pantalla. Micifú, sentado en el regazo de Margot, asomaba la cabeza por encima del borde de la mesa.

—¡Eh, chicos, mirar qué gato más bonito tiene Margot! —dijo Héctor a todo el grupo. Margot sonrió en respuesta a la apreciación.

—Es Micifú, mi compañero de oficina, que también se ha querido sumar a la reunión.

Margot alzó la copa de vino cuando oyó a su jefe decir que iban a brindar por el nuevo miembro de la empresa. Entonces la acercó a la pantalla del ordenador para chocarla con la de Héctor y sonrió feliz. Sin duda esa iba a ser la mejor de sus navidades.

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Relato participante en el concurso literario “Una Navidad diferente”, organizado por Scribook

Trabajo en equipo

Recuerdo que estábamos toda la pandilla, al alba, sentados sobre el malecón mirando con atención como los barcos regresaban a puerto después de una noche faenando. Tras amarrar las naves, los tripulantes descargaban, con la ayuda de las grúas, las pesadas cajas blancas con la pesca de la jornada. Yo, al igual que mis compañeros, me moría de ganas de que terminaran su trabajo para poder acercarme. Ninguno de nosotros hablaba. Cual estatuas observábamos rígidos las cajas con los peces. Nadie quería perderlas de vista ni por un segundo. El último en llegar aquella madrugada fue el barco del capitán Iriarte. Al verlo, Bruno levantó la cabeza olisqueando, mirando hacia el puente de mando en su busca.

Sé que la vida de Bruno, según él mismo me contó hace un par de años, no fue muy fácil desde que siendo muy pequeño lo echaron de su casa al llegar el cachorro humano. Todavía añoraba el olor a pescado que se esparcía por aquel hogar cuando el capitán Iriarte regresaba cada mañana desde la lonja. Bruno aspiraba aquella fragancia al sentarse en su regazo con la cabeza apoyada en su pecho mientras él tomaba el primer café del día. Le parecía la mejor de las esencias, el mejor de los lugares.

La primera vez que el capitán lo dejó en una cuneta de la carretera camino del puerto, Bruno no se lo podía creer. Se quedó mirando hacía él, atónito, inmóvil mientras veía como se alejaba dejándolo sentado allí solo. Lo intentó varias veces más abandonándolo cada vez en un sitio distinto, un poco más lejos, para que no fuera capaz de volver de nuevo, pero siempre conseguía regresar hasta que desistió cansado de tanto menosprecio.

Sobrevivir en la calle hubiera sido una misión imposible para Bruno de no ser por la suerte que tuvo de que Nico, nuestro antiguo jefe, lo encontrase una noche en la que dormía al fondo de un callejón sin salida sobre un cartón húmedo. Le dio tanta pena verlo en aquella situación tan deplorable que lo adoptó como si de un hijo se tratara. Lo protegió, lo llevó a la guarida donde muchos de nosotros hemos nacido y vivido desde siempre, le enseñó todo cuanto sabe. Poco a poco le fue preparando para que trabajara por el bien común. Con el tiempo se había ido convirtiendo en nuestro cabecilla y yo en su lugarteniente. Ahora todos hacemos lo que él nos manda, cuando y como él ordena, sin discutir jamás. Somos como una máquina bien engrasada que funciona con un simple empujón.

Imagen de shimanori en Pixabay

Desde donde estábamos podíamos ver relucir el brillante pescado que había sobre el muelle, pero mientras Bruno no se movió tampoco nadie se atrevió a hacerlo hasta que comenzó a menear sus bigotes. Esa era la señal de que faltaba muy poco para que entráramos en acción y así se lo hice saber al resto del grupo levantando mi cabeza. Un sonido gutural de Bruno nos puso a todos en tensión, dispuestos para el ataque.

Nos bajamos del muro y, colocados en fila india, con pasos sigilosos, seguimos a Bruno hacia el otro lado del puerto. Escondidos detrás de una furgoneta nos llegaba el conocido olor a pescado de una forma cada vez más intensa. Las últimas cajas todavía estaban esperando, alineadas y apiladas, para ser metidas en la lonja. El capitán Iriarte también estaba allí, vigilando que sus hombres llevaran todas las capturas dentro de la nave. Entonces Bruno lanzó un maullido agudo como si alguien le hubiera pisado el rabo. Ese era el momento de saltar al unísono sobre la pesca fresca que estaba ante nosotros, de intentar robar algo para el desayuno.

En cuestión de segundos, aparecimos de la nada. El capitán y algunos de sus marineros comenzaron a dar manotazos y patadas buscando evitar nuestro ataque, pero todo resultó inútil. Entonces me di cuenta. Ya nos estábamos escapando de la escena del crimen llevando cada uno un pez entre las fauces cuando giré la cabeza al no ver a Bruno entre nosotros. Me paré en seco dejando caer mi botín en el suelo. Seguía a los pies de un capitán Iriarte enojado, alterado por el saqueo que acababa de sufrir por una pandilla de gatos callejeros. Al verlo, el capitán intentó pegarle una patada con la que resarcir la rabia que sentía. Bruno saltó hacia atrás esquivándola y, como si un resorte mecánico accionara sus piernas, volvió a saltar, pero esta vez hacia adelante haciendo perder el equilibrio al sorprendido hombre tirándolo al suelo. Sin darle tiempo para que se recuperara del golpe, brincó sobre su cara. Las afiladas garras del felino arañaron el rostro del capitán una y otra vez hasta provocarle numerosas y sangrantes heridas. Bruno se dio la media vuelta y meneando el rabo de felicidad se acercó a mí con la cabeza bien alta. Esa mañana tuve que compartir mi desayuno con él, pero no me importó.

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Relato publicado en Scribook

Pablo

Arturito jugaba sentado sobre la alfombra del dormitorio cuando la puerta de su armario se entreabrió. Un frío húmedo invadió poco a poco la habitación. El niño se tapó con la manta que tenía sobre la cama y sonrió complaciente. Su hermano mayor también quería disfrutar del juguete nuevo.

¡Feliz cual una perdiz de estar entre los finalistas del Reto de Halloween de Microcuento.es! Soy la nº 11.

Gracias a Microcuento.es por seleccionarme y darme esta alegría.

Otra noche de Samaín más

Me asusté de madrugada al oír tus pasos vacilantes acercándose por el pasillo. Hasta desde el más allá tienes que venir una vez al año a joderme la vida, maldito borracho.

Foto de Bessi

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(Samaín: Festividad de origen celta que en la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre servía como celebración del final de la temporada de cosechas. Significa final del verano y es una de las dos noches de «espíritus» en todo el año. Es una intervención mágica donde las leyes mundanas del tiempo y el espacio están temporalmente suspendidas y la barrera entre los mundos desaparece. Esta noche es fácil comunicarse con antecesores y amores fallecidos.)

Una llamada de auxilio

Sé que te debo una explicación a mis respuestas evasivas de los últimos meses. Pero el problema es que todavía hoy en día ni yo misma he podido entender lo que en verdad me ocurrió aquella noche de finales de septiembre. Sin embargo, ya no aguanto más. No puedo ni quiero guardar el secreto por más tiempo. Así que he decidido contártelo. Espero me disculpes que lo haga a través de esta carta.

Como tú sabes, cada día, de un tiempo a esta parte, suelo salir a pasear después de cenar hasta la alameda que queda cerca de mi casa. Bueno, pues, la noche de la que te hablo en particular iba andando tan distraída, cavilando en mis cosas, que no me percaté de una cuerda que había extendida en el suelo hasta que enredé los pies con ella y caí de bruces. Lo primero que pensé, cuando logré incorporarme, fue qué narices hacía aquella soga en medio de la nada. No le di ninguna importancia a que hubiera acabado toda manchada de tierra. La curiosidad ya crecía en mi interior pidiendo paso como un caballo desbocado. Así que decidí seguir el rastro a ver adónde me llevaba.

La cuerda continuaba serpenteando por el suelo como un alargado réptil que dejaba ver su cuerpo de vez en cuando entre las hojas secas hasta llegar a un claro entre los árboles. Allí perdía su horizontalidad para alzarse en una vertical recta hacia el cielo. Poniéndome a su par, alcé la cabeza para ver a qué lugar ascendía, tiré de ella y aprecié que estaba firmemente atada a la Luna. Cómo era eso posible, te preguntarás. La verdad es que yo tampoco lo sé. Lo que te puedo decir es que la tenía tan cerca de mí que parecía que casi podía tocarla con la mano. Hasta estiré el brazo para ver si la alcanzaba con la punta de los dedos.

Una ráfaga de viento movió la hierba que tenía bajo mis pies invitándome a tumbarme sobre ella. En esa posición me sería más sencillo y cómodo disfrutar un poco más de la cercana compañía de la Luna. Ahora la tenía frente mí, a pocos metros. Estábamos cara a cara, observándonos la una a la otra. Fue así como reparé en algo que me entristeció bastante. La Luna no brillaba tanto como yo hubiera esperado que lo hiciera. Parte de su superficie estaba sucia con unas manchas negras parecidas al hollín que liberan las altas chimeneas de las fábricas. Entonces pensé que debía hacer algo al respecto. Las causas perdidas son mi debilidad, tú siempre me lo dices.

Apurando el paso todo lo que pude, regresé a casa. Tenía que recoger los utensilios que iba a necesitar en mi expedición lunar. Me harían falta una escoba, un recogedor y unas cuantas bolsas de basura. Mi traje de astronauta, el que había usado para disfrazarme en el último carnaval, me esperaba en el desván de mi casa dispuesto para aquel viaje espacial tan peculiar.

Al llegar otra vez al claro entre los árboles, tiré de nuevo de la cuerda. Quería asegurarme de que estuviera bien enganchada a la luna antes de aventurarme a aquel sin sentido que iba a emprender. Como pude me até todo el material de limpieza a la espalda y comencé mi ascenso. Primero la mano derecha, después la mano izquierda un poco más adelantada, la cuerda entre los pies. Arriba, arriba… hasta que llegué a la superficie lunar.

No daba crédito a lo que me estaba pasando, pero allí estaba yo, sobre la Luna, dispuesta a barrer de su superficie toda la suciedad que la humanidad habíamos ido lanzando al cielo para que al final acabara sobre ella. Quería dejarla tan limpia como siempre había estado para que volviera a brillar con fuerza, a reflejarse en el mar orquestando las mareas. Pero debía apurarme. No faltaba mucho para el amanecer, para que la Luna desapareciera hasta el día siguiente. Así que me puse manos a la obra. No podía perder más tiempo si quería hacer un buen trabajo.

Han pasado ya unos meses desde que viví aquella maravillosa experiencia. Cuando miro a la Luna y la veo brillar es como si un poco de mí formara parte de ella. Nunca hasta hoy me he atrevido a contarte mi historia. Sé que es muy difícil de creer y entiendo que no lo hagas pero, confía en mí, pasó tal y como te lo cuento. Además, creo que te debía una explicación del por qué de mis largos paseos al final del día. Cada noche regreso hasta el claro entre los álamos. Por una parte, deseo que vuelva a estar allí la cuerda para poder disfrutar otra vez de tan hermosa y gratificante vivencia pero, por otra parte, sé que es mejor que la cuerda no esté. Eso significa que la Luna está bien, que no tiene necesidad de pedirme auxilio de nuevo.

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Relato publicado en la Mentoría para Escritores de Daniel Hareg

El arte de escribir

Doña Rosita, nuestra profe de lengua, nos pidió un trabajo sobre cinco soportes de la escritura a lo largo de la historia. En el mío hablé sobre las tablas de cera, los rollos de papiro, las tablillas de bambú y los códices. También le conté lo que es una tableta electrónica, pero se negó a aceptar que este fuera un soporte de escritura histórico. Eso es porque no ha visto a mi hermano mayor cada vez que le escribe a su novia una de sus mentiras. ¡Vaya que si son históricas!

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Microrrelato que participa en el Reto 5 líneas del mes de mayo 2020 del blog de Adella Brac.

Cumplir años

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Lo mejor de cumplir años es la libertad con la que actúas sin importarte el que dirán. Hoy, por ejemplo, voy a dormir en un tipi cedido por un indio cheroqui en un bosque perdido de Carolina del Norte bajo la protección del tótem de la tribu. Quien me iba a decir a mí que a mis noventa años podría cumplir por fin uno de los sueños de mi infancia. Ahora sólo me falta encontrar un tesoro en una isla perdida y a mi príncipe azul en un baile de disfraces.

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Microrrelato para el reto de mayo de 2020  de Escribir jugando de Lídia Castro Navàs

 

La institutriz

El coche que la había recogido en la estación del tren comenzó a enfilar un camino de tierra delimitado por dos filas de exuberantes palmeras. Al fondo, se distinguía un enorme y elegante palacio con un cuidado jardín a sus pies. Amelia aún no podía creer que hubiera conseguido el trabajo. Vivir en un casoplón como aquel había sido siempre su sueño. Estaba convencida de que la vida era como una de esas películas de Hollywood con final feliz. La parte jodida ya la había pasado con creces. Ahora le tocaba la parte buena.

—¿Viene para el puesto de institutriz? —preguntó el chófer.

Amelia vio como el hombre la observaba desde el espejo retrovisor esperando una respuesta a su pregunta. Agitó la cabeza afirmando y volvió a mirar por la ventanilla del vehículo.

—Vaya, espero que tenga más suerte que las otras…

—¿Otras? ¿Qué otras? —Amelia giró la cabeza buscando otra vez los ojos del hombre en el espejo.

—Yo solo llevo dos años trabajando aquí, pero ya es usted la cuarta profesora que traigo a la casa —explicó el chófer—. Todas acaban dimitiendo de un día para otro sin despedirse de nadie.

Al entrar en el palacio una criada, uniformada con cofia y delantal blancos, la acompañó hasta una pequeña sala con chimenea. Allí la esperaba Rosario, la ama de llaves, que era quien se ocupaba de todo lo relativo a la casa, incluso de la contratación del nuevo personal, desde que la señora había fallecido.

—Nos alegra mucho que se haya decidido a formar parte de nuestra pequeña familia —dijo Rosario—. Ya verá, estará encantada. Los niños son un cielo. No le van a dar ningún problema. Usted solo tiene que ocuparse de su educación en los horarios que se fijen. No tiene que hacer nada más.

Aquellas palabras le sonaron a Amelia como música celestial: buen sueldo, poco trabajo, un lugar estupendo para vivir… Su contrato lo ponía todo bien claro. Ella, Amelia Lara Vieira, sería la nueva institutriz de la casa.

—Podrá pasear por donde le plazca del palacio y de los jardines cuando no esté trabajando. Tan solo existe una restricción —advirtió la ama de llaves—. Intente no ir sola a la biblioteca y, si lo hace, que no sea nunca al amanecer.

Amelia observó como, de repente, la amigable sonrisa y los chispeantes ojos de Rosario se transformaron en una mirada dura, en una mueca adusta.

—¡Prométamelo! —rogó la mujer.

—Se lo prometo —dijo Amelia intentando contentarla.

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Imagen de Manolo Franco en Pixabay 

Poco a poco los meses fueron pasando. Amelia ya se había acomodado a su nueva vida. No le fue difícil ganarse el cariño de los niños. Eran buena gente tal y como Rosario le dijo cuando llegó. También había descubierto todos los rincones que tenían el enorme edificio y el bello jardín.

Una tarde Don Jacinto, el señor de la casa, le pidió que fuera a la biblioteca para conocerla. Al entrar allí Amelia recordó la promesa hecha el primer día y no logró entender los recelos de Rosario a que fuera a aquella maravilla de estancia. Todos aquellos anaqueles repletos de cientos de libros, la altura de la sala, los grandes ventanales, los cómodos sillones dispuestos para acogerte en sus brazos mientras lees…

—Esta biblioteca la organizó, libro a libro, mi difunta esposa… Era su espacio favorito del palacio.

—Es un hermoso lugar, señor —dijo Amelia—. Aquí tuvo que ser muy dichosa.

—Lo fue… —afirmó Don Jacinto—. Siempre que quiera puede venir y tomar prestado un libro. Seguro que a ella le hubiera encantado.

—Es usted muy amable por el ofrecimiento.

—Los mejores están en los estantes de arriba del todo —Don Jacinto indicó con su dedo los libros de los que hablaba—. Con la ayuda de la escalera llegará a ellos sin problema.

Amelia, por fin, entendía la extraña promesa que se había visto obligada a hacer. Rosario no quería que nadie entrara en el refugio de su señora. Pero ahora era su marido quien le permitía a ella que fuera a la biblioteca. Así y todo, como no quería disgustar a Rosario, Amelia solía ir de noche, cuando todo el mundo dormía, a buscar a la luz de una linterna algún libro nuevo para leer. En ocasiones, se quedaba un rato leyendo en uno de aquellos confortables sillones.

Hasta que una noche, sin darse cuenta, Amelia se quedó allí dormida. Siguiendo las indicaciones de Don Jacinto había ido en busca de una de las novelas que él le recomendara. Comenzó a leerla y ya no pudo dejarla. La mala postura en la que había estado fue quien la despertó al sentir una punzada de dolor en la espalda. Las mullidas zapatillas no habían impedido que los pies se le quedaran helados.

La estancia todavía estaba en penumbra. Debía irse antes de que amaneciera. Así que lo mejor sería devolver el libro a su lugar. Amelia se subió a la escalera que le permitía acceder a los estantes superiores para dejarlo. Entonces un rayo de sol entró por uno de ventanales atravesando el globo terráqueo de cristal que había en mitad de la sala. El resplandor deslumbró a Amelia, quien perdió pie cayendo de lo alto de las escaleras al suelo.

No fue hasta las diez de la mañana cuando se dieron cuenta de que Amelia faltaba. Nunca había sido impuntual a las clases con los niños. De modo que todo el mundo se puso a buscarla. Rosario fue la que se ocupó de ir hasta la biblioteca a ver si estaba por allí. Al llegar vio que no había nadie. Tan solo se encontró un libro tirado en el suelo. Lo recogió temiendo que su difunta señora lo hubiera conseguido una vez más. Al leer el título que ponía en el lomo del mismo vio que así había sido: “Historia de la vida de Amelia Lara Vieira”.

Aquella misma noche Don Jacinto entró sigiloso en la biblioteca. Se subió a la escalera y buscó la nueva novela que tenía para leer.

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Relato publicado en la Mentoría de Escritores de Daniel Hareg

Nada es lo que parece

Las campanas de la iglesia han dado las seis de la tarde. La soledad de la habitación me lleva a pensar en ti. El sol que entra por la ventana me quema la piel del brazo derecho, y así y todo no lo quito del sol. Desde aquí puedo ver el ambiente que hay en la plazuela. Los niños corretean entre los árboles. Las madres charlan y esperan en los bancos que hay debajo de los mismos. La fuente del centro de la plaza da algo de frescor al conjunto empedrado de edificios y suelos. Y yo sigo pensando en ti.

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Con mi mano izquierda sostengo el vaso de ginebra que me estoy bebiendo. Le he puesto mucho hielo, sino no soy capaz de bebérmelo. El alcohol me quema en la garganta. Sólo así, rebajado con agua, soy capaz de tomármelo. Llaman a la puerta y pienso en ti.

Pero no puedes ser tú; no voy a abrir. Si fueras tú ya habrías abierto con tu llave y habrías entrado en casa. Insisten llamando a la puerta. No se darán cuenta de que no hay nadie. Yo sin ti, en esta casa, no soy nadie. Dejo el vaso sucio en el suelo. Ya lo recogeré después.

Ahora suena el teléfono; que dejen el recado en el contestador. Luego lo oiré. Estoy intentando dejar la mente en blanco para sólo pensar en ti, pero está visto que no me dejan. Ni que les molestase a los demás que tú y yo nos quisiéramos.

Dirijo mi mirada a la plazuela. Poso mis ojos sobre la gente que hay en ella. Prácticamente la misma que hace un rato. Sólo dos o tres personas se fueron; una o dos llegaron. Ahora veo que estás sentada en uno de los bancos; el que da casi enfrente al portal de nuestra casa.

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—¡Laura! ¡Laura! —te grito.

Miras hacia un lado y hacia otro, buscando la voz que te llama, pero no se te ocurre mirar a nuestra ventana.

—¡Laura, sube! —te vuelvo a gritar.

Ahora sí me has visto. Te levantas del banco. Coges las bolsas con la compra que tenías en el suelo y diriges tus pasos hacia el portal. Llamas al timbre y voy a abrirte la puerta.

—¿Se puede saber que hacías sentada en ese banco, sola? —te pregunto.

—Estaba esperando a que llegaras para que me abrieras la puerta. Cuando salí a hacer la compra se me olvidaron las llaves. Llamé a la puerta antes; supongo que no habías llegado todavía del trabajo. Incluso te llamé por teléfono, pero no debías de estar porque no me contestaste —se justifica Laura.

—Tú siempre tan inútil. Es que no voy hacer nunca carrera de ti. Anda, pasa para la cocina a prepararme la cena que tengo hambre.

Al ver que no te mueves de enfrente de mí, tengo que pegarte el primer bofetón de la tarde. Tú no dices nada; tampoco sueltas la más mínima lágrima. Bajas la cabeza y  te encaminas hacia la cocina.

—Toda la tarde pensando en ti, y ahora te haces la remolona para prepararme la cena. Sólo sabes andar a base de golpes… ¡Con lo que nos queremos…! —te digo mientras te sigo de cerca por el pasillo de nuestra casa.

Agotado

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Entré en la última librería que me quedaba por visitar. Había recorrido toda la ciudad en mi búsqueda desesperada. Entre tus manos tenías el libro que llevaba tanto tiempo rastreando. Allí donde fuera siempre obtenía la misma respuesta a mis preguntas sobre él: «Está agotado». Ahora que por fin había dado con el libro resulta que iba a perderlo otra vez. No me quedó más remedio que tropezar contigo y conseguir que aceptaras, a modo de disculpa, una invitación a café. Con un poco de suerte lograría que te enamorases de mí. Así tu nuevo libro terminaría siendo mío también.

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(Publicado en Taller de escritura nº 62 de Literautas – Móntame una escena: junio, 2019…)