Agotado

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Entré en la última librería que me quedaba por visitar. Había recorrido toda la ciudad en mi búsqueda desesperada. Entre tus manos tenías el libro que llevaba tanto tiempo rastreando. Allí donde fuera siempre obtenía la misma respuesta a mis preguntas sobre él: «Está agotado». Ahora que por fin había dado con el libro resulta que iba a perderlo otra vez. No me quedó más remedio que tropezar contigo y conseguir que aceptaras, a modo de disculpa, una invitación a café. Con un poco de suerte lograría que te enamorases de mí. Así tu nuevo libro terminaría siendo mío también.

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(Publicado en Taller de escritura nº 62 de Literautas – Móntame una escena: junio, 2019…)

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Nube de fuego

Cupido no tuvo la culpa. Prefiero echársela al destino o a la diosa Fortuna. Coincidió que era el día de los enamorados… pues era… pero ya se estaba acabando. Fue al atardecer del día. Los dos nos paramos a un tiempo, en plena calle.

Miramos a la misma nube. Yo hice una foto; tú sólo la observabas. Esa coincidencia nos hizo mirarnos y sonreírnos. Tuviste el valor de hablarme. Yo no lo hubiera tenido:

– “Hermosa nube. Parece que está ardiendo”.

– “Lástima que pronto desaparecerá” – te dije.

– “Ya no, mientras tu foto exista. No la destruyas nunca. Será un momento único en tu vida”.

Entonces saqué valor no sé de dónde. Lo normal es que mi timidez me impida hablar a las mujeres:

–      “Si quieres te la mando por correo. ¿Cuál es tu e-mail?”.

No me lo podía creer. Le estaba pidiendo su correo electrónico a una mujer. Y ella lo estaba escribiendo en un papel.

Después de eso vino nuestra correspondencia casi diaria durante meses. Nos fuimos conociendo poco a poco. Con miedo por mi parte, con precaución por la tuya. Hasta que llegó nuestra primera cena. Y ahí sí que terminó por surgir algo entre nosotros.

Tú dices que fue trabajo de Cupido, que fueron las flechas del amor que atinaron en nuestros corazones. Yo soy un poco más prosaico, menos poético y prefiero pensar que nuestro destino estaba marcado para que acabáramos juntos.

 

8 de enero

Repitió la carta punto por punto. Tan sólo cambió el encabezamiento, algunos tiempos verbales y pronombres pero el contenido de la misiva era el mismo. Papá Noel le había fallado. Ahora no le quedaba más remedio que confiar en los Reyes Magos. Estaba seguro que ellos, al ser tres, podrían infundirle el valor que necesitaba para enfrentarse a Nacho al volver al colegio el 8 de enero.

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(Mi contribución al Concurso #cuentosdeNavidad de Zenda)

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Paralelismos

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Imagen de Elmar Geißler publicada en Escribe fino

En el centro de la esfera del reloj podía leerse la leyenda que le recordaba el lugar donde lo había comprado: Grand Central Terminal – New York. La última vez que había visitado la ciudad lo había hecho con Lucía. Ahora ya no estaba a su lado. Su relación había comenzado ha resquebrajarse al mismo tiempo que el reloj había dejado de funcionar.

Al principio no se dio cuenta del paralelismo que existía entre su relación con Lucía y el funcionamiento del reloj. Primero dejó de marcar las horas con puntualidad: o bien se adelantaba o bien se atrasaba, pero rara vez marcaba la hora que debía. Más tarde terminó por dejar de funcionar por completo. Ahí es cuando las discusiones con Lucía fueron cada vez más frecuentes y con mayor intensidad.

Una mañana al despertarse se dio cuenta de que al reloj le faltaban las manecillas. Tanto la aguja de las horas como el minutero o el segundero habían desaparecido. La esfera blanca resplandecía con sus doce números perfectamente ordenados sin que nada impidiera su visión. La noche anterior Lucía había decidido abandonar el piso que compartían.

Decidió, entonces, desmontar por completo el reloj. No podía dejarlo peor de lo que estaba así que por qué no intentar arreglarlo. Lo primero que haría sería buscar dónde podía comprar otras manecillas. Una vez que las tuviera, las instalaría de nuevo sobre la esfera numérica. Puede que, a lo mejor, cuando consiguiera que el reloj volviera a funcionar marcando el tiempo que pasa consiguiera también que Lucía le diera otra oportunidad volviendo a casa.

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(Para El Bic Naranja – Viernes Creativo)

 

Tal vez…

El mejor regalo que Rosario jamás había recibido en su vida era aquella hamaca que había colgado en el jardín. Un extremo lo sujetó a una higuera que había plantado allí su abuelo cuando ella nació. El otro extremo lo amarró a un frondoso peral. Los frutos que daba aquel árbol le sabían como el más rico de los néctares.

Cuando hacía buen tiempo Rosario salía al jardín con un libro bajo el brazo dispuesta a pasar un rato leyendo tumbada en la hamaca, a la sombra de los árboles. Unos días lo hacía después de comer, cuando los demás dormían la siesta; otros a media tarde, cerca de la puesta de sol. Lo único que la podía obligar a romper su ritual era la lluvia o el frío excesivo. Aquel era su reducto de felicidad y no estaba dispuesta a renunciar a él así como así.

Al igual que Rosario, el resto de habitantes de la casa había buscado su propio espacio para los momentos de felicidad que podían arañarle al tiempo. Habían logrado un cierto equilibrio en sus vidas. De hecho todo el mundo era feliz hasta que él regresaba a la casa. Ese era el punto de inflexión del día a día. La felicidad y la calma, de repente, se tornaban en silencio, prudencia y miedo.

Rosario miraba desde la ventana de su cuarto a la hamaca moverse con el viento, esperándola paciente hasta que al día siguiente volvieran a reencontrarse en el jardín. Con su ayuda y la de los libros conseguía alejarse de aquella vida que detestaba, viajar a otros mundos, convertirse en la hija perfecta que jamás lograba ser. «Algún día te transformarás en alguien muy sabio e importante», le decía su madre. «Lees tantos libros que ya verás como alcanzarás cualquier meta que te propongas».

«Quién sabe, en un futuro, puede que…», pensaba Rosario observando la noche desde su ventana. «Quizás puede que así logre que padre deja de pegarnos a mamá y a mí; puede que, tal vez, me dé cientos de besos, incluso puede que me sorprenda con algunos abrazos, unas palabras amables o unos aplausos».

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(Taller de escritura nº 55 de Literautas – Móntame una escena: Todo el mundo era feliz hasta que…)